La pregunta de Samuel llegó en otro mensaje, después de unos minutos en los que vi aparecer y desaparecer las palabras «está escribiendo».
«¿Papá era cariñoso con vosotros cuando erais pequeños, o solo empezó a intentar arreglar las cosas cuando se puso enfermo?».
Leí la frase varias veces.
Podría haberle contestado con una fotografía bonita y una anécdota cuidadosamente elegida.
También podría haberle contado solo las ausencias, como había hecho durante tantos años.
Ninguna de esas respuestas habría sido justa.
Le pregunté si prefería hablarlo en persona.
Dijo que sí, pero que no quería otra comida familiar.
Nos encontramos dos días después en una cafetería pequeña, cerca de la plaza de Zorrilla.
Llevé la copia de la foto y varias imágenes más en un sobre sencillo.
Samuel llegó con su cámara colgada del hombro.
No llevaba la camisa azul de la comida; vestía una sudadera gris y tenía un cordón de la mochila deshilachado.
Me alegró verlo en un día corriente, sin la obligación de parecer valiente ante nadie.
—A veces era muy cariñoso —le dije cuando nos sentamos—.
Y otras veces prometía cosas que no cumplía.
Cuando estaba con nosotros, inventaba juegos y hacía unos desayunos horribles.
Después de la separación, muchas veces no vino cuando dijo que vendría.
Samuel me escuchó sin interrumpir.
—Conmigo también llegaba tarde —admitió—.
Mamá se enfadaba porque se perdía reuniones del instituto.
Pero se acordaba de mis fotos.
Una vez fue el único que vio que había enfocado mal a propósito.
Nos reímos.
Era la primera risa compartida que no nacía del alivio después de una pelea.
Le enseñé una fotografía en la que papá aparecía sentado en el suelo, rodeado de piezas de un juguete que nunca logró montar.
Adrián tenía entonces una expresión seria, Irene sujetaba una rueda y yo salía movida en una esquina.
—Eso sí que lo habría hecho él —dijo Samuel.
—¿Por qué?
—Porque no leía nunca las instrucciones.
Fue una coincidencia minúscula, pero me emocionó más que cualquier discurso.
Habíamos conocido al mismo hombre en épocas distintas.
Las semejanzas no borraban lo que había faltado, pero nos daban algo verdadero que compartir.
Samuel sostuvo un rato la foto de su padre adolescente.
Preguntó cómo se había roto la rodilla.
Le conté que la abuela decía que Julián se había caído intentando aprender a montar en bicicleta sin manos.
Él sonrió y aseguró que su padre seguía contando esa historia como una victoria, no como una caída.
Después hizo una pregunta más difícil.
—¿Tú me odiabas?
Tuve que dejar la taza sobre el plato.
—No te conocía lo suficiente para odiarte —respondí—.
Pero te traté como si tu presencia me quitara algo.
Y entiendo que eso pudiera sentirse igual.
Samuel miró hacia la calle.
—Cuando era pequeño, pensaba que el día que me vierais jugar con él dejaríais de estar enfadados.
Luego crecí y comprendí que no dependía de mí.
Le pedí perdón sin explicarle por qué yo también había sufrido.
Ese dolor existía, pero no tenía que colocarlo entre él y sus palabras cada vez que intentara hablar.
Durante las semanas siguientes empezamos a enviarnos fotografías.
Algunas eran antiguas; otras, imágenes que Samuel tomaba por la ciudad.
Irene se unió cuando él le mandó una foto del escaparate de una librería y le preguntó qué novela recomendaría.
Adrián tardó más.
Una noche escribió en el grupo que recordaba perfectamente el juguete desmontado de la fotografía y que papá nunca había admitido que le faltaban piezas.
A Samuel le hizo gracia.
Respondió con un dibujo de una rueda torcida.
No hubo abrazos, ni declaraciones de familia unida.
Hubo conversaciones que podían terminar sin que nadie se ofendiera y retomarse días después.
Un sábado me invitó a fotografiar los trenes en la estación.
Su padre había planeado acompañarlo, según me contó el día de la comida.
Dudé antes de aceptar.
No quería ocupar su lugar ni convertir aquel paseo en una ceremonia de reparación.
—Puedes venir solo un rato —me dijo—.
Necesito a alguien que sostenga la mochila mientras cambio el objetivo.
Acepté esas condiciones.
Estuvimos allí casi dos horas.
Samuel me explicó cómo cambiaba la luz sobre los cristales, por qué esperaba a que un pasajero se apartara y cómo una imagen podía contar algo sin mostrarlo todo.
Yo sostenía la mochila y escuchaba.
Al despedirnos me enseñó una fotografía en la que se veían dos reflejos sobre una ventanilla: él con la cámara y yo a su lado, sujetando una correa.
—No es muy buena —opinó.
—A mí me gusta.
—Porque sales tú.
—Porque estamos los dos —respondí.
Puso los ojos en blanco, pero no borró la imagen.
Aquella misma tarde Carmen me llamó.
Había hablado con Beatriz, que quería disculparse de nuevo con Samuel, esta vez sin espectadores y sin utilizar a nuestro padre como excusa.
Mi abuela le había dicho que tendría que aceptar incluso un silencio como respuesta.
—¿Qué ha dicho Samuel? —pregunté.
—Todavía no lo sabe.
No quiero que se entere por toda la familia antes de que alguien se lo pregunte.
Me ofrecí a transmitirle el mensaje sin presionarlo.
Beatriz no pidió que intercediera a su favor ni que le recordara sus buenas intenciones.
Me hizo llegar solamente una frase: «Si no quiere verme, lo entenderé».
Samuel lo pensó durante varios días.
Al final escribió que no deseaba una conversación a solas, pero que asistiría a una merienda en casa de Carmen si podía marcharse cuando quisiera y si nadie volvía a hablar en su nombre.
Mi abuela aceptó de inmediato.
También dijo que, a partir de entonces, las reuniones serían en casas donde los cuatro nietos pudieran entrar sin pedir permiso.
Cuando se lo conté a Beatriz por teléfono, no discutió las condiciones.
Permaneció callada y después preguntó algo que me sorprendió.
—¿Crees que sabré escucharlo aunque me diga cosas que no quiero oír?
No podía prometerle que sí.
Aquella merienda demostraría si la disculpa de mi tía era el comienzo de un cambio o solo otra manera de sentirse mejor consigo misma.
Para ver qué ocurrió cuando Samuel volvió a encontrarse con Beatriz, acompaña la historia en la Parte 7.













