Beatriz no abrió la hoja.
La mantuvo entre los dedos durante tanto tiempo que Samuel dejó de esperar una explicación y miró hacia el reloj de pared.
Mi abuela fue quien rompió el silencio.
—Hija, si necesitas leerla a solas, hazlo.
Pero no vuelvas a utilizar lo que dice Julián para decidir por los demás.
Nuestra tía asintió.
Se levantó y salió al balcón cerrado con la hoja en la mano.
A través del cristal la vimos inclinar la cabeza.
No podía oír lo que murmuraba, pero comprendí que había dejado de actuar como la persona que siempre sabía qué debía hacerse.
Cuando volvió, no traía los ojos secos.
—Os voy a decir lo que pone —anunció—.
No porque tenga que hacerlo.
Porque llevo un año fingiendo que no lo leí.
Se sentó frente a Samuel.
Antes de empezar, le pidió permiso para hablar.
Él no dijo que sí con palabras, pero dejó de mirar el reloj y apoyó las manos sobre la mesa.
La nota de papá recordaba una discusión con su hermana en el hospital.
Beatriz le había dicho que, después de todo lo sucedido con nuestra madre, no era justo pedirnos que compartiéramos con Elena y Samuel los últimos días.
Julián respondió por escrito, porque aquella tarde se quedaba sin aliento al hablar.
«No te pido que apruebes cómo hice las cosas», había escrito. «Te pido que no sigas defendiéndome a costa de mis hijos.
Los cuatro son míos.
Si no puedo arreglar lo que he roto, al menos no les cierres tú la puerta».
Beatriz dejó la hoja sobre la mesa y retiró las manos, como si quemara.
—Pensé que estaba siendo injusto conmigo —dijo—.
Había acompañado a vuestra madre, había recogido sus cosas cuando él se marchó, había cuidado a Carmen.
Me pareció que me exigía olvidar lo que habíamos pasado.
—No te exigía que lo olvidaras —respondió Irene—.
Te estaba pidiendo que no castigaras a Samuel.
Mi tía no lo negó.
Contó que el último día, cuando Samuel apareció en el hospital, ella acababa de recibir malas noticias.
Estaba cansada y furiosa con Julián por no haber resuelto tantas cosas.
Al ver al chico en el pasillo, sintió que la familia volvía a dividirse en dos incluso delante de una puerta de hospital.
—Le dije que se fuera —reconoció—.
No pregunté a Julián si quería verlo.
No hablé con Elena.
Tomé yo la decisión.
Samuel se quedó quieto.
—Entonces no fue el médico quien dijo que no podía entrar.
—No.
Yo me encargaba de avisar a las visitas y fui quien lo impidió.
Aquella respuesta no reparaba nada, pero al menos dejaba de desplazar la culpa hacia una recomendación inexistente.
Adrián apartó su carta y habló con una dureza que rara vez le había escuchado.
—Después nos contaste que Samuel no se había interesado por él.
Sabías que no era verdad.
—Sí.
—Y el domingo volviste a decirlo delante de todos.
—Sí.
Beatriz no levantó la voz.
Le temblaba la barbilla.
Durante un momento imaginé cuánto habría deseado ella que alguien encontrara una excusa aceptable.
Sin embargo, ninguna de las razones que había dado justificaba mentirle a un muchacho sobre su propia historia.
—¿Por qué? —preguntó Samuel.
Mi tía respiró varias veces antes de contestar.
—Porque si os decía que habías estado con él, tendría que explicar por qué no te dejé entrar al final.
Y porque me daba vergüenza lo que había hecho.
Samuel recogió el sobre de su padre.
Se lo guardó despacio y se puso de pie.
—Yo me pasé un año pensando que tendría que haber insistido más —dijo—.
Mi madre me repetía que no era culpa mía.
No le creía.
Ahora sé que ni siquiera me dieron la oportunidad de decidir.
Beatriz extendió una mano, pero la dejó caer antes de tocarlo.
—Lo siento.
—No sé qué hacer con eso —respondió él.
—No tienes que hacer nada —intervino Carmen.
La abuela lo acompañó a la puerta.
Samuel le prometió que la llamaría el miércoles y me preguntó si podía llevarlo a casa.
Ni Adrián ni Irene intentaron detenerlo.
Habíamos aprendido algo, al menos: una disculpa no concede derecho a exigir una respuesta inmediata.
En el coche Samuel miró las calles sin hablar.
Cuando llegamos, me preguntó si había leído mi carta entera.
Le dije que sí y que contenía cosas que me dolía haber escuchado tan tarde.
—En la mía dice que no tengo que convencer a nadie de que soy su hijo —murmuró—.
Que él tendría que haberlo dejado claro cuando estaba vivo.
Asentí.
No le pedí verla.
Al bajar, dejó una mano sobre la puerta abierta y añadió:
—Todavía no sé si quiero volver a sentarme con todos.
Pero me gustaría conocer algunas cosas de cuando papá era joven.
Esa noche llamé a nuestra madre.
Le expliqué lo de las cartas sin leerle las palabras de Samuel, que le pertenecían a él.
Mi madre guardó silencio un rato.
—A mí me dolió muchísimo lo que hizo Julián —dijo—.
Eso no ha cambiado.
Pero no quiero que utilicéis aquel dolor para tratar mal a un chico.
No os pedí eso.
Mi madre me contó entonces algo que nunca había sabido: cuando Samuel era un bebé, Julián le preguntó si debía presentárnoslo enseguida.
Ella le había dicho que necesitábamos tiempo, no que debiéramos ignorarlo para siempre.
Había sido una respuesta de alguien herido, no una orden que sus hijos tuviéramos que obedecer durante diecisiete años.
Al escucharla, recordé cuántas veces le había atribuido frases que en realidad nadie le oyó pronunciar.
Había usado su sufrimiento para justificar mi propia negativa a dar un paso.
Ella me pidió que no repitiera ese error con Samuel.
Por primera vez entendí que llevábamos años hablando en nombre de personas que no nos habían encargado defenderlas de aquella manera.
Papá ya no podía hacerlo; nuestra madre nunca lo había solicitado; Samuel apenas había podido hablar.
Busqué la caja de fotografías de mi infancia.
Encontré una de Julián adolescente, con las rodillas raspadas y una sonrisa que reconocí también en su hijo menor.
Preparé una copia para Samuel, pero antes de enviársela le escribí para preguntarle si la quería.
Su respuesta llegó pasada la medianoche.
«Sí.
Y tengo una pregunta sobre él que nunca me atreví a haceros».
Me quedé mirando la pantalla.
No sabía si podría responderle sin volver a esconderme detrás de los errores de nuestro padre.
Para saber qué pregunta llevaba años guardándose Samuel y cómo empezó a cambiar nuestra relación, lee la Parte 6.













