Beatriz intentó recoger la jarra, pero mi abuela le puso una mano encima.
—Déjala —dijo—.
Quiero escuchar a mi nieto.
Samuel miró primero hacia la puerta y después hacia mí.
Supe que estaba calculando cuánto podía contar antes de que volviéramos a hacerle sentir que había cometido una falta por existir.
—Mamá me llevaba al hospital después de clase —explicó—.
Algunos días entraba yo solo.
Papá se cansaba enseguida, pero quería que le contara cómo iban los exámenes.
La palabra «papá» quedó suspendida sobre el mantel.
Nadie la corrigió.
Hasta entonces, cuando Samuel hablaba de nuestro padre, yo siempre había tenido la sensación de que necesitaba pedirnos permiso incluso para nombrarlo.
—¿Cuántas veces fuiste? —preguntó Adrián.
—No las conté.
Seis o siete, quizá.
A veces solo lo veía diez minutos.
—Yo estuve allí casi todas las tardes —dijo mi hermano—.
Nunca coincidimos.
—Porque tú ibas al salir del trabajo y yo antes.
Elena tenía turno de tarde algunos días y veníamos cuando podía acompañarme.
Aquello era posible.
También era posible que dos hijos hubieran atravesado durante semanas el mismo pasillo sin encontrarse.
Nos habíamos acostumbrado tanto a vivir en compartimentos separados que incluso el hospital había terminado teniendo horarios distintos para cada familia.
Beatriz se cruzó de brazos.
—Una visita no cambia lo que pasó durante años.
—No he dicho que lo cambie —respondió Samuel—.
He dicho que fui.
Su voz tembló al final.
Irene empujó hacia él la cesta del pan, un gesto pequeño y absurdo que me hizo entender que tampoco ella sabía cómo reparar el daño de una frase.
—¿Por qué nos dijiste que no había ido? —pregunté.
—Porque vuestra madre estaba sufriendo.
Porque Julián se estaba muriendo y yo no quería abrir otra pelea.
—Nuestra madre ni siquiera está aquí —dijo Irene—.
La que lo ha acusado delante de todos has sido tú.
Beatriz miró a mi hermana, o quizá a la ventana; no parecía dispuesta a sostener los ojos de nadie.
Mi abuela, en cambio, seguía mirando a Samuel.
—¿Tu padre sabía que estabas allí? —preguntó.
Samuel asintió.
—Me pedía que le acercara las gafas porque se le resbalaban cuando estaba tumbado.
Una vez se quedó dormido mientras le hablaba.
Yo pensé que se había enfadado porque le estaba contando una tontería del instituto.
Sonrió apenas, avergonzado por aquel recuerdo.
—Cuando despertó, me dijo que siguiera desde donde me había quedado.
Samuel se llevó una mano al bolsillo y sacó un billete de autobús doblado.
No lo exhibió como una prueba, ni se lo tendió a Adrián para ganar una discusión.
Lo alisó con el pulgar mientras hablaba.
—Lo guardé del día que me preguntó si seguía haciendo fotos —añadió—.
Me dijo que, cuando saliera, fuéramos juntos a la estación a fotografiar los trenes.
Sabía que era difícil, pero me gustó que hiciera planes conmigo.
Adrián abrió la boca y volvió a cerrarla.
Había escuchado ese mismo tipo de promesas de nuestro padre durante su enfermedad: una comida pendiente, un paseo cuando se encontrara mejor.
No eran mentiras deliberadas.
Eran la manera en que Julián intentaba seguir siendo padre mientras el cuerpo le imponía límites que ninguno quería admitir.
Recordé a mi padre haciendo exactamente eso conmigo cuando era pequeña: fingía que le interesaban todas mis historias, incluso las que empezaban tres veces y nunca llegaban a ninguna parte.
Sentí una punzada de celos por un instante, seguida de vergüenza.
Aquel recuerdo no era menos mío porque Samuel tuviera otro parecido.
—¿Y por qué no dijiste nada antes? —preguntó Adrián.
Samuel bajó la vista.
—Cuando murió, llamé para preguntar a qué hora era el funeral.
La tía dijo que era mejor que nos quedáramos en un segundo plano.
Después os escuché hablar de que no había ido a verlo.
Pensé que discutir solo haría las cosas peores.
—Yo te vi en el cementerio —susurró Irene.
Samuel levantó la cabeza.
—Estabais con vuestra madre —dijo—.
No quise acercarme.
Nadie en aquella mesa podía decir que hubiera sido imposible verlo.
El día del entierro habíamos estado tan pendientes de quién lloraba más y de quién tenía derecho a situarse cerca del ataúd que no habíamos mirado más allá de nuestro círculo.
—Perdona —dije.
Samuel movió los hombros.
—No tienes que pedir perdón por todo.
—Por todo, no.
Por lo mío, sí.
No me respondió.
Samuel era demasiado joven para tener que decidir, durante un homenaje a su padre, si aceptaba las disculpas de personas que apenas lo conocían.
Me di cuenta de que esperaba de él una generosidad que yo no le había ofrecido a su edad.
Dejé de mirarlo en busca de una señal de absolución y permití que terminara su vaso de agua en silencio.
Beatriz apartó su silla de golpe.
—¿Ahora resulta que yo tengo toda la culpa?
Vuestro padre se equivocó muchas veces.
Todos lo sabéis.
—Él no está aquí para responder —dijo la abuela Carmen—.
Samuel sí.
Mi tía parecía a punto de llorar, pero se aferró al borde del aparador.
Durante años se había presentado como quien había mantenido unida a la familia después de la separación.
Yo había agradecido esa firmeza cuando era adolescente.
Ahora empezaba a preguntarme a quién había dejado fuera para conservar aquella imagen.
—Voy a irme —dijo Samuel, levantándose.
Esta vez no lo detuve con un discurso.
Le pregunté si quería que lo acompañara.
Dudó antes de asentir.
Cogí mi abrigo.
La abuela vino hasta el recibidor y le acomodó a Samuel el cuello de la camisa azul, como había hecho con nosotros tantas veces.
—Llámame mañana —le dijo—.
Aunque solo sea para decirme qué has desayunado.
Samuel la abrazó con torpeza.
Irene apareció detrás de nosotros y le ofreció su número de teléfono escrito en una servilleta.
No sabía por qué nunca se lo había pedido directamente, pero agradecí que aquella tarde hiciera algo sin esperar a que otro empezara.
Cuando abrí la puerta, Beatriz habló desde el comedor.
—Samuel, espera.
Él se volvió sin acercarse.
—Las últimas semanas estuviste allí, sí.
No voy a negarlo más.
Creí que por fin iba a pedirle disculpas.
En cambio, mi tía miró el suelo.
—Pero el último día no te dejaron entrar porque yo dije que no.
Samuel soltó el pomo.
Su rostro perdió todo color.
Aún no sabía qué había ocurrido detrás de aquella decisión ni qué explicación tendría Beatriz.
Solo comprendí que el muchacho se había pasado un año cargando con una ausencia que alguien había elegido por él.
Si quieres saber qué ocurrió aquel último día y por qué Samuel dejó de llamar a la familia, continúa con la Parte 3.













