El hombre no entró hasta que Emilia hizo un gesto al encargado para que lo dejara pasar.
Llevaba una chaqueta gastada, una carpeta azul debajo del brazo y una expresión de alguien que llevaba demasiado tiempo ensayando unas palabras.
Tomás retrocedió al verlo.
Margarita no necesitó conocer su nombre para advertir aquella reacción.
«¿Quién es usted?», preguntó Emilia.
«Me llamo Mateo Leal. Conduje una ambulancia de traslado el día del incendio».
Mateo acercó la fotografía a la mesa, pero no la dejó al alcance de Tomás.
La imagen mostraba a Margarita más joven, recostada en una cama, con una criatura envuelta en una manta blanca.
En una esquina se distinguía la fecha escrita con bolígrafo: 12 de octubre de 2004.
Margarita reconoció la bata, el dibujo del papel de la pared y el gesto con el que había sostenido a la niña para que no se despertara.
Aquella fotografía había desaparecido con el resto de sus recuerdos del hospital.
«¿De dónde la ha sacado?», preguntó ella.
«La guardó Aurora Conde, la matrona que la atendió. Me la entregó unos meses después del incendio, cuando sospechó que los registros de evacuación no cuadraban».
«Aurora me dijo que mi hija había fallecido».
Mateo bajó la mirada.
«Repitió lo que figuraba en el parte que le mostraron. Después encontró una hoja distinta. Intentó hablar con usted, pero nunca consiguió hacerlo».
Tomás apoyó las dos manos en el respaldo de una silla.
«No vamos a dar crédito a alguien que aparece después de veintidós años con una fotografía».
«Entonces quédate y escucha», contestó Margarita.
Era la primera vez en mucho tiempo que no rebajaba la voz cuando su marido intentaba terminar una conversación.
El encargado les ofreció un reservado para evitar que los demás clientes continuaran observándolos.
Emilia pidió permiso para quitarse el delantal y llamar a su madre de acogida.
No quería que nadie decidiera nada por ella, y Margarita comprendió que la joven tenía más razones que nadie para desconfiar.
Mateo explicó que no había llegado al restaurante por casualidad.
Semanas antes había localizado a Pilar Ríos, la mujer que había criado a Emilia, gracias a una antigua trabajadora de Santa Ana.
Pilar le había confirmado que la joven seguía llevando el medallón con el que fue encontrada.
Habían acordado que él acudiera aquella tarde para hablar con Emilia cuando terminara su turno.
Al ver a Tomás entrar con su esposa, Mateo se quedó junto al coche, paralizado por un temor que conocía bien.
Solo se decidió a preguntar por la camarera cuando vio la agitación a través del ventanal.
«Si sabía algo, ¿por qué no lo dijo antes?», preguntó Margarita.
«Porque tuve miedo. Primero por mi empleo. Después por mi familia. Y cuando quise enmendarlo, me dijeron que usted no deseaba volver a oír hablar del hospital».
«¿Quién se lo dijo?».
Mateo no respondió inmediatamente.
Sacó de la carpeta el sobre de una carta amarillenta, dirigido a Margarita, y lo giró para que vieran la anotación del reverso.
La devolución llevaba un sello de una oficina utilizada entonces por las empresas de Tomás.
«Su marido», dijo por fin.
Tomás lanzó una carcajada breve, desprovista de alegría.
«Cualquiera puede escribir una dirección. Eso no prueba que hubiera una niña viva».
«Precisamente por eso no he venido a pedir que me crean. He venido a contar lo que vi y a entregar lo que conservé».
Emilia regresó con el teléfono en la mano.
Había hablado con Pilar, que llegaría al restaurante en menos de una hora.
Se sentó junto a la salida, dejando una silla vacía entre ella y Margarita.
La distancia dolió a esta última, aunque la aceptó sin protestar.
No podía reclamar de golpe veintidós años de intimidad que otra mujer había construido día a día.
«Quiero hacer una prueba de ADN», dijo Emilia.
Margarita asintió.
«Yo también. Y antes de nada quiero pedirte perdón por haberte agarrado sin permiso».
«No sabía lo que iba a pasar», respondió la joven.
«No. Pero tú tampoco».
Mateo contó entonces lo que recordaba de la noche del incendio.
Había transportado mantas y material desde el hospital a un centro de asistencia provisional.
En el patio vio a una mujer recoger a un bebé con una mantita amarilla y una cadena de plata alrededor del cuello.
No pudo distinguir su rostro en la oscuridad, pero escuchó cómo otro trabajador la llamaba Beatriz.
Tomás se volvió hacia la puerta.
«No pienso escuchar más insinuaciones».
«Nadie te ha pedido que te quedes», contestó Margarita.
Él se detuvo.
Estaba acostumbrado a que ella le consultara incluso las decisiones más pequeñas desde el incendio.
Ahora miraba a la camarera, no a él.
Margarita preguntó a Mateo si Aurora seguía viva.
El antiguo conductor explicó que la matrona había fallecido varios años atrás, pero había dejado una declaración fechada y firmada donde distinguía sus recuerdos personales de los papeles que consiguió recuperar.
Aquella declaración no convertía sus sospechas en certezas, pero podía orientar una búsqueda en los archivos del hospital.
Emilia pidió una copia antes de entregar nada a terceros.
Había pasado demasiados años escuchando versiones de otras personas sobre sus primeros días, y quería poder leer por sí misma aquello que otros aseguraban saber de ella.
Mateo le dio una copia y conservó el original en una funda transparente.
Mateo abrió otra carpeta.
Contenía una fotocopia de una hoja de traslados que Aurora había encontrado entre documentos recuperados después del fuego.
Había una anotación a lápiz junto a una niña sin identificación definitiva: «Santa Ana. Recogida autorizada, pendiente de verificar».
La firma era ilegible.
«Esto tampoco demuestra quién era la niña», advirtió Mateo.
«Pero explica dónde podemos buscar», respondió Emilia.
Tomás ya había sacado las llaves del coche.
Antes de marcharse se inclinó hacia su esposa y murmuró algo que solo ella alcanzó a oír.
«Te prometo que no sabes en qué te estás metiendo».
Margarita dejó que se alejara.
Después miró a Mateo.
«Necesito saber si mi hija murió realmente aquella noche. No quiero otra promesa. Quiero hechos».
Mateo pasó el dedo por la esquina de la hoja y señaló una segunda anotación, escrita tres días después del incendio.
No era una firma ilegible esta vez.
El nombre de Beatriz Alvarado aparecía completo, junto a la fecha de entrada de la niña en Santa Ana.
Para saber qué dejó escrito Beatriz en Santa Ana y por qué nadie avisó a Margarita, continúa con la parte 3.













