El resultado llegó tres días después, a primera hora. Sebastián estaba preparando el desayuno de Lía cuando vio el nombre del laboratorio en la pantalla. Dejó la taza sobre la encimera y llamó a Clara antes de abrir el informe. No quiso leerlo a solas, como si una hoja pudiera volver a partir en dos la vida de ambos.
La conclusión indicaba una probabilidad de paternidad superior al noventa y nueve coma nueve por ciento entre Sebastián y Mateo, dentro de las condiciones de la prueba voluntaria. Clara leyó la cifra varias veces. Luego se sentó y permaneció inmóvil, con la mano sobre la boca.
—Es él —susurró.
Sebastián no respondió enseguida. Aquel resultado no explicaba quién había robado al niño ni la responsabilidad de cada adulto. Pero bastaba para que la ausencia de siete años tuviera de pronto un rostro, una voz y un nombre.
Lía apareció en la puerta con el uniforme del colegio.
—¿Por qué está llorando mamá?
Clara abrió los brazos y la abrazó. Sebastián eligió con cuidado las palabras.
—Porque hemos sabido algo muy importante sobre Mateo. Es muy posible que sea tu hermano. Y necesitamos hacer las cosas bien para que nadie salga herido.
Lía lo pensó un instante.
—Entonces puede venir a jugar, ¿no?
La pregunta sencilla les hizo sentir todo el peso de aquello que faltaba por resolver.
Irene explicó que solicitarían las pruebas judiciales y un plan de protección para el menor si las amenazas continuaban. La policía ya había iniciado actuaciones sobre la denuncia y había pedido información al antiguo proveedor de transporte. María entregó voluntariamente la documentación que guardaba en casa, incluida la partida de nacimiento en la que figuraba como madre. Sabía que ese papel la comprometía. No intentó destruirlo.
El informe del laboratorio produjo una reacción inesperada en María. Aceptó la noticia con una sonrisa breve y luego salió al patio de la asesoría para llorar. Clara la siguió sin saber qué decir.
—He pasado siete años temiendo que lo descubrieran —confesó María—. Ahora me asusta que no vuelva a llamarme mamá.
—No le voy a pedir que deje de hacerlo —respondió Clara, con dificultad—. Pero tú también tendrás que entender que para mí hubo una cuna vacía durante siete años.
Las dos mujeres permanecieron un rato una junto a la otra. No se abrazaron. Ninguna estaba preparada para un gesto que fingiera resolver el daño.
Por orden judicial, la clínica tuvo que conservar y entregar determinadas historias médicas, registros de entrada y salida y documentación administrativa. Santa Beatriz se presentó como una institución colaboradora y afirmó que parte del archivo histórico estaba digitalizado de forma incompleta. Los investigadores comprobaron, sin embargo, que existía una copia de seguridad gestionada por una empresa externa.
En aquel respaldo aparecía la anotación de un traslado del recién nacido B a las 04:10. La solicitud tenía una clave asignada al doctor Álvaro Salcedo y un destino descrito solo como «unidad externa». Ninguna ambulancia autorizada figuraba en el libro de servicios para aquella hora. Los investigadores no entregaron el archivo completo a Sebastián; Irene les explicó únicamente los extremos que podían conocer.
Sebastián pidió reunirse con Salcedo. Irene se opuso.
—Si se presenta en su consulta y lo acusa, le dará tiempo a preparar una versión. Deje trabajar a los investigadores.
La recomendación era sensata. También era lo último que Sebastián quería oír. Había confiado en aquel médico cuando aún llevaba la ropa del parto manchada y esperaba noticias detrás de una puerta. Lo recordaba diciendo que a veces la medicina no podía salvar a todos. Se había aferrado a esa frase durante siete años.
Clara revisó fotos antiguas de la habitación. En una de ellas, tomada antes del alta, distinguió un pequeño marco vacío junto a la cuna de Lía. Recordó que una voluntaria de la clínica les había entregado una impresión en blanco y negro, la misma que ahora tenía Mateo. Pensaron que la habían extraviado entre las bolsas. Nadie imaginó que acabaría sirviendo de vínculo con el otro bebé.
Inés Beltrán aceptó declarar después de recibir una citación. No había guardado historias clínicas en su casa, pero recordó que la noche del parto la supervisora cambió dos veces el libro de incidencias. También recordó que se le prohibió acercarse al almacén donde se preparaban los traslados de madrugada. Su testimonio no cerraba el caso, pero ayudó a situar a los empleados y comprobar qué registros debían existir.
Los investigadores localizaron igualmente una factura de una fundación privada, Horizonte Infantil, emitida a la empresa de transporte por un supuesto servicio de acompañamiento de recién nacidos. La fecha coincidía con la desaparición del bebé. La fundación llevaba años sin actividad pública y los movimientos bancarios estaban siendo examinados. Irene se negó a asegurar que el dinero fuera el precio de un niño hasta que existieran pruebas.
Mientras los adultos reunían indicios, Mateo empezó a acudir con María a un parque cercano al de Lía. Los pequeños jugaron bajo la mirada de sus cuidadores y compartieron una pelota. Sebastián evitó llamarlo hijo delante de personas ajenas hasta haber hablado con él en presencia de una psicóloga infantil. Comprendió que debía ganarse su confianza, no exigirla.
Una tarde Mateo le mostró el cochecito de plástico.
—Daniel intentó arreglarle la rueda. Siempre se le caía otra vez.
—¿Daniel era tu papá? —preguntó Sebastián con cuidado.
—Él me enseñó a montar en bici. Luego se puso enfermo. Mamá dice que puedo quererlo aunque ya no esté.
Sebastián se quedó callado. Había imaginado muchas veces recuperar a su hijo; nunca había pensado en la necesidad de hacer sitio, dentro de esa recuperación, a otro hombre al que el niño había amado.
Esa misma noche Irene llamó con una noticia inquietante. Entre los documentos remitidos por la clínica aparecía un consentimiento para trasladar al gemelo B, supuestamente firmado por Clara minutos después del parto. El formulario autorizaba una salida urgente y llevaba su nombre completo.
Clara examinó la copia. Su firma parecía parecida, pero había algo extraño en la inclinación de las letras. Miró la hora: la una y veinte de la madrugada.
—A esa hora me estaban operando —dijo—. Yo ni siquiera podía sostener un bolígrafo.
El documento que pretendía justificar el traslado podía ser, en realidad, la prueba de una falsificación. Para descubrir quién había escrito su nombre, sigue con la Parte 5.













