Lorena aceptó reunirse con nosotros cuando Clara le explicó por teléfono que el asunto ya no dependía de la buena voluntad de Adrián Montes.
Se presentó en una sala de reuniones de la abogada a las once de la mañana.
Traía un bolso grande, una carpeta con recibos y la expresión ofendida de quien cree que todos los demás le deben una explicación.
Natalia llegó aparte.
Se sentó junto a la puerta, no junto a su madre.
«He venido porque mi casa está en juego», empezó Lorena. «Si nos entretenemos hablando de formularios, el viernes será demasiado tarde».
Clara le pidió que colocara los recibos sobre la mesa.
«Comprendo la urgencia», dijo. «Pero antes tenemos que saber qué información entregó a Gestora Alcázar y por qué aparece la identidad de Adrián en dos operaciones que él no autorizó».
Lorena no miró los papeles.
«Tomás me dijo que el aval era provisional.
Que, cuando Adrián estuviera informado, simplemente podría confirmarlo».
«Una firma falsa no se vuelve provisional porque alguien espere conseguir permiso más tarde», respondí.
«Tienes dinero de sobra.
No habrías perdido nada ayudándonos».
«No sabías que tenía dinero de sobra cuando enviaste mis documentos».
Su silencio me confirmó que la revelación del concesionario había cambiado su discurso, no lo que había hecho.
Clara señaló la copia de la transferencia de veinte mil euros.
«¿Por qué pagó a Puente Claro Servicios?».
«Por una reserva.
Tomás aseguraba que tenía un acuerdo con el concesionario y un comprador para el coche.
Si todo salía bien, recuperaría parte de lo invertido y pagaría a quienes reclaman mi vivienda».
«Ese comprador es una sociedad vinculada al propio Tomás», explicó Clara. «Y el concesionario no recibió ese dinero. ¿Se lo indicó alguna vez su gestor?».
Lorena movió negativamente la cabeza.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
La operación que había presentado como una solución brillante empezaba a parecer lo que era: una promesa apoyada en papeles falsos y en dinero que ya no controlaba.
«Entonces me ha engañado», susurró.
«Es posible que la haya engañado», dijo Clara. «Eso no cambia lo que usted sabía sobre la firma».
Lorena abrió su bolso y sacó un folio doblado.
Era una autorización redactada por Tomás para que yo ratificara la documentación.
El texto decía que reconocía como mías todas las gestiones anteriores y asumía las obligaciones derivadas de ellas.
«Solo tenías que firmar esto», me dijo. «Después se arreglaba todo».
Le pedí que dejara el folio sobre la mesa, sin acercármelo.
«¿Entiendes lo que me estás pidiendo?», pregunté. «Quieres que convierta en decisiones mías unos actos que habéis realizado a mis espaldas».
«Quiero salvar mi casa».
«Lo sé.
Pero has puesto mi nombre en riesgo sin pedirme ayuda».
Natalia levantó la mirada.
«Mamá, díselo todo».
«No empieces otra vez».
«Adrián ya ha leído mi mensaje a Tomás».
Lorena palideció.
Yo no esperaba que Natalia abordara aquella frase delante de ella.
Había pasado dos noches imaginando qué significaba que mi prometida quisiera convencerme cuando todo estuviera preparado.
Ahora necesitaba oírlo sin una pantalla de por medio.
«¿Qué pensabas hacer?», le pregunté.
Natalia se volvió hacia mí.
«Pensaba decirte que mamá podía quedarse sin su casa y que el préstamo ya estaba casi resuelto.
Creía que no querrías verme sufrir y acabarías ayudando.
Me convencí de que, después de la boda, podríamos pagarlo».
«¿Y si decía que no?».
«No quería pensar en eso».
«Pero lo escribiste.
Dijiste que me convencerías incluso si me negaba».
Asintió.
Tenía las manos apretadas sobre las rodillas.
«Sí.
Fue una forma de obligarte sin decirlo.
Me avergüenza, pero eso fue lo que quise hacer».
Su confesión no reparó el daño.
Al menos dejó de convertirlo en una casualidad.
Lorena volvió a intervenir.
«¿Ahora vas a castigarla por intentar ayudar a su madre?».
«No estoy castigando a nadie por tener miedo», contesté. «Estoy decidiendo si puedo confiar en alguien que ha utilizado mis datos y después me ha humillado por trabajar».
La abogada nos recordó que el encuentro no era un juicio.
Su objetivo era conservar información y evitar que se firmara algo bajo presión.
Lorena aceptó entregarle los recibos y el contrato de recompra para que se revisaran.
Hasta aquel día no había permitido que nadie examinara juntos todos los documentos, como si mantenerlos separados pudiera cambiar las cuentas.
También recibió la recomendación de buscar asesoramiento independiente sobre su deuda inmobiliaria y no efectuar más transferencias a Tomás.
Entonces abrió un segundo bolsillo del bolso.
Sacó una hoja con notas tomadas durante una reunión con el gestor.
Entre cantidades y fechas había escrito: «Adrián, firma original; Natalia, compradora; Lorena, préstamo puente».
«¿Quién le dictó eso?», preguntó Clara.
«Tomás».
«¿Recuerda cuándo?».
Lorena dio la fecha.
Era anterior al envío de la fotografía de mi firma.
Aquella hoja no probaba por sí sola quién falsificó el documento.
Pero mostraba que Lorena había hablado de usar una firma original antes de recibir la fotografía de Natalia.
Clara pidió autorización para obtener una copia y registrar de dónde procedía.
Al terminar la reunión, Lorena se levantó sin despedirse.
Natalia la siguió hasta el pasillo y regresó sola.
«Quiero colaborar con la denuncia», me dijo.
«Tienes que hacerlo porque sea verdad, no para que yo vuelva contigo».
«Lo sé».
Sacó entonces un justificante que no había mostrado delante de su madre.
Era la confirmación de una visita a las oficinas de Gestora Alcázar, programada para el día en que se remitió el segundo expediente.
Figuraban dos asistentes: Lorena y Natalia.
«Estuve allí», admitió. «Tomás puso un papel delante de mí y me pidió que firmara como testigo de la entrega de documentación.
Lo hice sin leértelo a ti y sin preguntar qué iba a pasar después».
«¿Conservas copia?».
«No.
Pero recuerdo que ese papel decía que el avalista había dado su consentimiento verbal».
Clara se quedó muy quieta.
Ya no bastaba con discutir quién había copiado mi firma.
Natalia había certificado algo que sabía que no había ocurrido, y esa decisión podía tener consecuencias propias.
¿Diría lo mismo ante una autoridad, aunque perjudicara a su madre y a ella misma?
Descúbrelo en la Parte 6.













