El martes llegué del instituto y encontré un mensaje de Carmen en el móvil.
Había llegado bien a casa de su sobrina, había hecho los ejercicios que le habían indicado y me recordaba que no dejara las Matemáticas para el último momento.
Al final añadió una frase: «No confundas echar de menos a alguien con estar solo».
Leí el mensaje varias veces.
La casa estaba tan callada que oía el ruido del ascensor al detenerse dos plantas más arriba.
Sobre la encimera había una olla con arroz preparado por mi padre.
A su lado, un papel decía: «Esta noche cenamos juntos. Si te parece bien».
La última parte me conmovió más que el resto.
Durante un año había encontrado instrucciones sobre la mesa: calienta, apaga, estudia, acuérdate.
Aquella era la primera vez que veía una pregunta.
Contesté a Carmen que había llegado a casa y me puse con dos ejercicios de Matemáticas.
Cuando Rafael volvió, yo todavía estaba peleándome con el segundo.
Se asomó a mi habitación y preguntó si había terminado.
—No —admití—. Pero lo voy a intentar otra vez después de cenar.
—¿Quieres que mire dónde te has atascado?
—No eres muy bueno con las ecuaciones, papá.
—Eso es verdad. Pero puedo quedarme aquí mientras buscas cómo hacerlo.
Se sentó al otro lado del escritorio y se puso a leer un periódico viejo que había encontrado entre mis libros.
No me vigiló ni quiso resolver el problema por mí.
Al cabo de diez minutos conseguí terminarlo.
A las nueve bajamos a la cocina.
Mi padre había comprado tomates y patatas porque quería hacer tortilla, como Carmen.
Cuando empezó a cortar las patatas en trozos enormes, no pude evitar reírme.
—Así tardarán una eternidad en hacerse.
—Tu madre las cortaba así.
—No. Las cortaba finitas y luego te dejaba a ti las grandes porque siempre tenías prisa.
Mi padre se quedó un momento con el cuchillo en la mano.
Después apartó las patatas grandes en un plato y me pasó otra tabla.
—Enséñame.
Trabajamos uno junto al otro, con el aceite calentándose demasiado deprisa.
La primera tortilla se rompió al darle la vuelta.
Mi padre quiso tirar los trozos y empezar de nuevo, pero yo llevé el plato a la mesa.
—Se puede comer igual.
—No es una tortilla muy presentable.
—La de Carmen tampoco sale siempre redonda.
Mi padre sonrió, aunque tardó un poco en dejar de mirar el plato.
Comimos sin poner música y sin encender la televisión.
La primera conversación fue sobre el instituto; la segunda, sobre el calor que hacía en el patio.
Luego apareció un silencio que ninguno sabía llenar.
Rafael fue a buscar la libreta de gastos.
Al verla, algo se me cerró en el pecho.
—¿Otra vez las cuentas?
Se detuvo.
—Quería mirar si nos llega para apuntarte a clases de apoyo en julio.
—Podemos hablar de eso después. Ahora me gustaría cenar contigo.
Dejó la libreta en el aparador.
No hubo una discusión ni una disculpa larga.
Simplemente volvió a sentarse.
—Dime una cosa buena del día —me pidió.
Tardé en contestar.
—He resuelto un problema solo.
—Eso es bueno.
—Y una mala: me he acordado de mamá cuando he pasado por la panadería. Me ha dado rabia poder comprar lo mismo que comprábamos con ella y que ya no sea lo mismo.
Rafael asintió despacio.
—A mí me pasó esta mañana con un pañuelo suyo.
—¿Dónde estaba?
—En el cajón de la entrada. Fui a buscar las llaves y lo encontré debajo de unos recibos.
Pensé en la cantidad de veces que había pasado por delante de ese cajón sin abrirlo.
—¿Lo has guardado?
—Lo he dejado allí. No sabía qué hacer.
—No tienes que decidirlo hoy.
Mi padre levantó la vista.
—Eso mismo me decía ella cuando yo quería resolver un problema antes de dormir.
Por primera vez me imaginé a mis padres discutiendo pequeñas cosas que no tenían nada que ver conmigo.
Hasta entonces los había recordado como una pareja que siempre sabía qué hacer.
La ausencia de mamá me había convertido aquella imagen en una exigencia imposible.
Después de cenar lavamos los platos.
Mi padre me contó que, durante las primeras semanas después del entierro, se levantaba cada madrugada para comprobar si la nevera tenía comida.
—No entendía cómo podía cuidarte si ni siquiera podía evitar que te despertaras llorando —dijo—. Así que empecé por lo que sí sabía hacer. Cocinar. Apuntar gastos. Tener todo preparado.
—Yo creía que no me oías.
—Te oía. Pero muchas veces me quedaba al otro lado de la puerta porque tenía miedo de entrar y ponerme a llorar contigo.
La confesión me dolió más que cualquier reprimenda.
No porque me hiciera responsable de su pena, sino porque entendí cuántas noches habíamos pasado separados por una puerta que cualquiera de los dos habría podido abrir.
—Podrías haber llorado —le dije.
—Eso estoy aprendiendo.
El jueves vino Nuria a recoger unos libros que nos había prestado.
Mi padre le enseñó la lista de tareas que habíamos acordado: yo recuperaría algunos ejercicios y él reservaría tres cenas a la semana para comer sentado conmigo.
—Parece una lista de la compra —bromeó mi tía.
—Si lo dejo en una promesa, tengo miedo de olvidarme —respondió él.
Nuria no se rió.
Le recordó que debía pedirme opinión cuando el plan no funcionara, en vez de tratar la tristeza como una avería de la casa.
Mi padre escuchó sin defenderse.
El viernes escribí el primer párrafo completo del ejercicio que Berta me había devuelto.
Conté que mamá siempre dejaba un poco de tortilla para la mañana siguiente, aunque supiera que no resistiríamos la tentación de comerla por la noche.
Cuando se lo leí a mi padre, cerró los ojos un instante.
—Así era —dijo—. Siempre pensaba en el desayuno y acabábamos los tres repitiendo cena.
Me quedé con el papel entre los dedos.
—¿Te molesta que escriba sobre ella?
—Me asusta, a veces. Pero no me molesta.
Durante aquellas dos semanas hablamos con Carmen por teléfono sin exigirle que nos contara cada ejercicio ni cada visita médica.
Una tarde nos explicó que su sobrina la había llevado al paseo marítimo y que había conseguido andar un poco más sin detenerse.
Me alegró escucharla contenta por algo que no tenía relación conmigo.
El domingo, cuando faltaban pocos días para su regreso, Rafael se acercó mientras yo preparaba la mochila.
—He estado pensando en Carmen —dijo—. En lo que le hice pasar aquel día.
—Ya le pediste perdón.
—Sí, pero quiero preguntarle si necesita algo cuando vuelva. Sin decidirlo por ella. Y también quiero darle las gracias por haberte escuchado cuando yo no sabía hacerlo.
—¿Y si no quiere que vayas?
Mi padre tardó en responder.
—Entonces lo respetaré.
Aquella contestación era distinta de las que daba antes.
Sin embargo, cuando me pidió que fuera yo quien preguntara a Carmen si aceptaría recibirlo, comprendí que la siguiente decisión no me correspondía tomarla por ninguno de los dos.
Yo podía transmitir la pregunta.
No podía prometerle que ella volvería a abrirnos la puerta.
Sigue con la Parte 5 para descubrir qué respondió Carmen cuando mi padre quiso hablar con ella de nuevo.













