El lunes por la noche mi padre dejó la cena en la mesa y se sentó antes de llamarme.
No había ocurrido desde hacía meses.
Normalmente calentaba su plato de pie mientras revisaba las cuentas, y yo comía mirando el móvil.
Aquella vez los dos tardamos demasiado en empezar.
—Tu tía dice que no tienes que preparar un discurso para mañana —comentó.
—¿Le has contado lo del instituto?
—Le he pedido consejo. No le he enseñado tus notas ni le he contado lo que dijiste de Carmen.
Me sorprendió que distinguiera una cosa de otra.
Nuria había conocido a mamá durante muchos años y era la persona a la que llamábamos cuando necesitábamos ayuda práctica.
Pero había preguntas que ni siquiera a ella quería responder.
—La profesora nos pidió escribir sobre alguien que hubiera cambiado nuestra vida —expliqué—. Todos hablaban de sus padres, de sus abuelos o de sus hermanos. Yo quería escribir de mamá. Empecé tres veces.
—¿Por qué lo dejaste?
—Porque no sabía si poner que estaba muerta. Si no lo decía, parecía que mentía. Si lo decía, sentía que todo el mundo iba a mirarme de otra manera.
Mi padre apartó el tenedor.
—A mí me pasa algo parecido cuando alguien me pregunta por ella.
Aquella confesión me descolocó.
Yo suponía que los adultos sabían pronunciar palabras difíciles sin quedarse atrapados en ellas.
Al día siguiente llegamos juntos al instituto.
Mi padre llevaba una carpeta con mis exámenes; yo había insistido en que no necesitaba llevarlos porque la tutora ya los conocía.
Aun así, conservó la carpeta apretada contra el pecho mientras esperábamos en el pasillo.
La profesora Berta nos recibió sin mirar primero los papeles.
Me preguntó cómo me encontraba y esperó una respuesta completa.
—Me cuesta seguir algunas clases —dije—. Y a veces me quedo pensando en otra cosa.
—Lo hemos notado —respondió—. No es falta de capacidad. Pero hay trabajos que no entregas y faltas a algunas actividades voluntarias de apoyo.
Mi padre abrió la boca.
Creí que vendría un sermón por las tardes que había pasado en casa de Carmen.
En cambio, se volvió hacia mí.
—¿Querías ir a esas actividades?
—Al principio sí. Luego dejé de apuntarme. Me daba vergüenza tener que explicar por qué estaba tan atrasado.
Berta sacó un folio de una carpeta.
No lo puso delante de Rafael como si fuera una prueba en mi contra.
Lo dejó entre los tres.
Era el ejercicio sobre alguien importante en nuestra vida.
En la parte superior estaba mi nombre y, debajo, dos frases tachadas.
«Mi madre me enseñó a hacer tortilla».
«Mi madre sabía cuándo yo estaba triste».
A partir de ahí no había nada.
—No te pedí que contaras algo íntimo delante de tus compañeros —me explicó—. Podías hablar de cualquier persona. Lo que me preocupa es que hayas dejado de pedir ayuda cuando la necesitas.
Mi padre miró el papel sin tocarlo.
—En casa no solemos hablar de ella —dijo.
—No porque no quiera —añadí enseguida—. Es que nunca sé cuándo puedo hacerlo.
Berta nos preguntó qué ocurría cuando uno de los dos la mencionaba.
Le conté que papá cambiaba de tema si yo preguntaba por sus recuerdos y que, cuando yo lo veía cansado, prefería encerrarme en mi cuarto.
—Pensaba que darle vueltas te hacía daño —dijo Rafael.
—Y yo pensaba que te hacía daño a ti.
La profesora dejó que el silencio durara.
Luego nos habló de la orientadora del centro, de recuperar las tareas pendientes poco a poco y de que no había una única manera de recordar a alguien.
No prometió que bastaran unas sesiones para resolverlo.
Me preguntó si quería concertar una conversación individual con la orientadora, y acepté.
Antes de irnos, mi padre señaló el ejercicio.
—¿Podemos llevarnos una copia? Me gustaría que Mateo pudiera terminarlo si quiere. Sin que sea para una nota.
Berta sonrió por primera vez.
—Ese me parece un buen comienzo.
Volvimos a casa andando por calles donde empezaba a sentirse el calor de junio.
En un escaparate vi una bandeja de pasteles que mamá compraba cuando había una celebración pequeña.
Estuve a punto de mencionarlo, pero esperé hasta que papá se paró a mirar el mismo escaparate.
—A ella le gustaban los de crema —dijo.
—Y siempre decía que eran para los dos, aunque se comía uno por el camino.
Nos reímos.
Fue una risa breve y torpe, pero no nos disculpamos por ella.
Entramos a comprar dos y los llevamos a casa en una caja de cartón que dejó una mancha de grasa en la mesa.
Esa tarde abrí los cuadernos mientras mi padre terminaba unas tareas de casa.
No resolví todos los problemas de Matemáticas, pero marqué los que no entendía para preguntarlos en clase.
Mi padre pasó por la puerta y vio que trabajaba.
—¿Quieres que me siente contigo?
—Ahora no. Pero después podrías leer lo que escriba de mamá.
No dijo que por supuesto ni que estaría encantado.
Se le humedecieron los ojos y respondió simplemente que sí.
A las siete bajé a devolver a Carmen el táper azul.
Había lavado la tapa con cuidado para que no se despegara la etiqueta.
Ella estaba regando una maceta del patio, sentada en una silla baja para no cargar la rodilla.
—¿Cómo fue la reunión? —preguntó.
—No tan mal como esperaba.
Le conté lo del folio.
Carmen escuchó mientras guardaba la regadera y después me preguntó qué recordaba de mi madre que no tuviera que ver con el día en que murió.
—Cantaba fatal mientras fregaba —respondí.
—Eso ya es una historia.
Me abrió la puerta para que pasara, pero no encendió el fogón.
En la mesa había una bolsa de viaje pequeña y una carpeta de informes médicos.
—Mañana no voy a poder hacer tortilla —me avisó—. Mi sobrina viene a buscarme. Pasaré dos semanas en su casa, cerca de Torremolinos, mientras hago rehabilitación de la rodilla.
Quise preguntarle por qué no me lo había dicho antes.
Entonces recordé que su vida no empezaba ni terminaba cuando yo llamaba a su puerta.
—¿Puedo visitarte?
—Primero aprende a estar también en tu casa —respondió con una sonrisa triste—. Después ya veremos cómo nos organizamos.
Regresé con el táper vacío en la mano.
Por primera vez desde abril, sabía que el martes siguiente Carmen no estaría allí para abrirme.
Y todavía no sabía si mi padre y yo seríamos capaces de sentarnos a la misma mesa sin escondernos detrás de nuestros platos.
Descubre en la Parte 4 qué pasó durante la primera cena en la que ya no podía llamar a la puerta de Carmen.













