Elena escuchó la respiración de Teresa al otro lado del teléfono.
No conocía a aquella mujer y, aun así, comprendía perfectamente su desconfianza.
La abuela estaba protegiendo a una niña que acababa de encontrar una nueva forma de recordar a su madre.
—Sí querría verla —contestó finalmente—.
Pero le seré sincera: si no hubiera encontrado aquella fotografía, jamás habría sabido que Vera era la hija de Inés.
Y si usted me dijera que no volviera a llamar, tampoco lo haría.
Teresa guardó silencio.
—No es exactamente lo que esperaba oír.
—No sé qué respuesta esperaba —admitió Elena—.
Lo único que puedo prometerle es que no pediré nada a Vera.
Ni su cariño, ni su ayuda para conseguir trabajo, ni que convenza a su padre de algo.
—Hay otra cosa —dijo Teresa—.
Mi hija era generosa.
A veces quienes la conocieron intentan convertir esa generosidad en una obligación para los que quedamos.
—Yo también tengo miedo de hacer eso sin darme cuenta.
Si nos vemos, usted puede quedarse todo el tiempo.
La llamada terminó sin acuerdo.
Pero a la mañana siguiente Teresa envió la dirección de una biblioteca de Toledo, cerca de una plaza con bancos y árboles.
Había elegido un lugar neutral, lejos del hotel.
Gabriel y ella acompañarían a Vera durante media hora.
Elena pidió a David que le prestara dinero para el autobús.
Le costó hacerlo más de lo que esperaba.
Llevaban años peleando por cantidades pequeñas mientras ambos fingían que podían arreglárselas sin nadie.
—Te lo devolveré el viernes —dijo.
—Cuando puedas —respondió él.
—El viernes, si me pagan el trabajo de mañana —insistió Elena—.
Y gracias.
David sonrió.
—Pedir ayuda tampoco te convierte en una mala persona.
Antes de salir, Rosa le alcanzó un paquete de papel.
Dentro había una fotografía antigua de Elena con la chaqueta azul, tomada unos meses antes de que naciera Vera.
Se la había encontrado al vaciar la caja de zapatos.
—No tienes que llevarla si no quieres —aclaró Rosa—.
Solo pensé que quizá la niña tendría curiosidad por cómo eras entonces.
Elena tomó el paquete.
—Todavía estoy enfadada por la carta —dijo.
—Lo sé.
—Pero gracias por buscar la foto.
Rosa apretó los labios para contener las lágrimas.
No se abrazaron.
La conversación que les faltaba no podía resolverse en la puerta de una casa.
En la biblioteca, Vera estaba sentada a una mesa infantil con un libro abierto del revés.
Teresa esperaba junto a los ventanales y Gabriel permanecía de pie, sin traje ni guantes, con una camisa sencilla que le hacía parecer menos distante.
—Hola, Elena —dijo la niña al verla.
—Hola, Vera.
Muchas felicidades por tus ocho años.
—Fue hace tres días —aclaró ella muy seria.
—Entonces llego un poco tarde.
Vera sonrió.
Sacó la fotografía del hospital de una funda transparente y la puso sobre la mesa.
Elena colocó a su lado la imagen de la chaqueta azul.
—Esa también eres tú —dijo Vera, maravillada—.
Pero aquí no estoy yo.
—Todavía no habías nacido.
La niña observó las dos fotografías durante un rato.
Después formuló la pregunta que todos habían estado evitando.
—¿Por qué fuiste mala con papá si habías sido buena con mamá?
Elena se sentó frente a ella.
Buscó una explicación que una niña pudiera entender sin cargarla con problemas de adultos.
—Porque aquel día tenía miedo y estaba enfadada —respondió—.
Y en lugar de decir lo que me pasaba, me comporté como si alguien que llevaba ropa de trabajo valiera menos.
Fue una elección fea y equivocada.
—Papá estaba arreglando la puerta porque hacía ruido —comentó Vera—.
A mí no me gusta ese golpe.
Gabriel se acercó un paso.
—Antes tu madre se levantaba a comprobar que estuviera cerrada —explicó—.
Desde que ella falta, Vera se fija mucho en las puertas.
Elena comprendió entonces por qué el propietario había estado arrodillado ante el mecanismo en vez de pedir a otra persona que se ocupara.
No intentaba demostrar nada a los empleados.
Había querido cumplir una promesa pequeña hecha a su hija.
—Lo siento de verdad, señor Herrera —dijo, mirándolo sin apartar la vista—.
No por haber perdido la entrevista.
Por haberlo tratado así.
Gabriel aceptó la disculpa con un gesto breve.
—Gracias por decirlo de esa manera.
Teresa permaneció cerca, aunque su expresión fue perdiendo algo de rigidez.
Cuando Vera pidió escuchar la historia del hospital, Elena se la contó sin presentarse como una salvadora.
Habló de una mujer asustada que aun así intentó tranquilizarla a ella, de las preguntas de una enfermera y de la manta amarilla.
—¿Mamá lloraba? —preguntó Vera.
—Un poco.
Después te vio y se rio, casi al mismo tiempo.
No había visto nunca a alguien tan cansado y tan contento.
Vera rozó con un dedo el borde de la fotografía.
—Yo no me acuerdo de su risa de cuando era pequeña.
Teresa dejó escapar un suspiro.
—Yo sí.
Podemos hablar de ella siempre que quieras.
Los adultos intercambiaron una mirada.
Por un momento comprendieron que el valor de aquel encuentro no estaba en descubrir quién merecía una segunda oportunidad, sino en permitir que Vera hiciera preguntas que antes todos habían esquivado.
Al terminar, Gabriel acompañó a Elena hasta la salida.
—La plaza de recepción ya está cubierta —le comunicó—.
La encargada terminó el proceso de selección ayer.
Elena sintió una punzada de decepción.
Había evitado imaginar ese momento, pero saberlo no le dolió tanto como había temido.
—Me alegro de que hayan encontrado a alguien —respondió—.
No voy a decir que no me importe, porque necesitaba ese empleo.
Pero tampoco vine hoy a pedir que cambiaran la decisión.
Gabriel asintió.
—Inés habría agradecido que Vera escuchara su recuerdo de aquella noche.
Yo también se lo agradezco.
Mientras hablaban, Vera salió apresurada de la sala de lectura, con Teresa detrás.
Se detuvo ante Elena y le agarró la manga con cuidado.
—Hay una cosa más —dijo—.
Mamá escribió que aquel fue el lugar donde empezamos a ser tres, aunque papá llegara después.
Elena pensó que se refería al hospital, pero Vera negó con la cabeza.
—Quiero conocer la estación donde te pidió ayuda.
Quiero saber dónde empezó de verdad mi historia.
Teresa miró a Gabriel, inquieta ante el peso de aquel deseo.
Él comprendió que acompañar a Vera significaría volver a una noche que había pasado años lamentando no haber compartido.
¿Serían capaces de regresar allí sin convertir el recuerdo de Inés en otra deuda?
Acompáñalos en la Parte 6.













