Rosa dejó el sobre encima de la mesa, pero no retiró los dedos.
Elena reconoció su nombre escrito con una letra redonda que no había visto desde aquella fotografía del hospital.
En la esquina inferior se distinguía una fecha de tres años atrás.
—¿Por qué lo tienes tú? —preguntó.
—Inés estuvo intentando localizarte —respondió Rosa—.
Encontró el teléfono de la asociación del barrio, donde yo ayudaba a organizar las comidas para personas mayores.
Preguntó por ti y vino cuando supo que vivíamos aquí.
David apartó el plato.
No dijo nada, pero miró a su madre como si acabara de reconocer una mentira antigua.
—¿Y no me llamaste? —insistió Elena.
—Estabas acompañando a tu padre en el hospital.
Pensé que no era el momento.
Elena recordó aquel año: turnos de trabajo partidos, viajes para visitar a Vicente y discusiones que siempre acababan hablando de dinero.
Su padre seguía siendo capaz de señalar cada decisión suya como si fuera un error que no tenía arreglo.
Murió al año siguiente, sin que hubieran aprendido a hablarse de otra manera.
—Tuve teléfono durante todo aquel tiempo —dijo—.
Podrías haberme avisado al día siguiente.
Rosa bajó los ojos.
—Lo sé.
Elena abrió el sobre con las manos rígidas.
Dentro había una carta de dos páginas y un folleto doblado sobre un programa de formación para personas adultas.
El folleto anunciaba unas plazas gratuitas, con inscripción abierta hasta el final de aquel mismo mes.
Elena recorrió la fecha de arriba abajo, como si así pudiera hacerla menos definitiva.
La carta empezaba con un recuerdo sencillo.
Inés describía la estación, el teléfono sin batería y la muchacha que se quedó a su lado sin preguntarle qué podía darle a cambio.
Después contaba que, al volver tiempo más tarde al hospital para recoger una documentación, una auxiliar le había dicho que aquella joven había perdido una entrevista importante.
«No sé cuánto te costó quedarte conmigo», había escrito Inés.
«Sé que no me pediste nada y no pretendo convertir tu gesto en una deuda. Solo quisiera que supieras que hay programas para retomar aquello que querías estudiar. Si te apetece, me gustaría acompañarte a preguntar, sin recomendarte ni ponerte por delante de nadie».
Elena se quedó mirando la última frase.
No había dinero en el sobre ni una promesa de empleo.
Solo la posibilidad de sentarse junto a otra persona para formular una pregunta que llevaba años sin atreverse a hacer.
—¿Le dijiste que sí? —preguntó a su madre.
Rosa negó con la cabeza.
—Le dije que estabas muy ocupada y que yo te daría la carta.
Me dejó también su número, por si querías llamarla.
—Pero no me la diste.
Rosa apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa.
—Tu padre decía que la gente con dinero siempre acababa pasando factura.
Yo tenía miedo de que aceptaras una ayuda y alguien volviera a echarte en cara lo de aquella noche.
—Inés no me estaba ofreciendo dinero.
—Ahora lo veo.
En aquel momento confundí protegerte con decidir por ti.
Después murió tu padre, y me dio vergüenza admitir que había escondido el sobre.
Cuanto más tardaba, más difícil se hacía.
David se levantó despacio.
—Mamá, Elena no tiene que tranquilizarte por esto.
Rosa asintió.
Por primera vez no intentó justificar otra vez su silencio.
Elena dobló la carta siguiendo los pliegues originales.
Hubiera querido gritar, pero comprendió que su rabia estaba buscando un sitio donde descargarse, igual que aquella mañana ante la caja de herramientas.
No quería repetirlo con su madre.
—Estoy enfadada —dijo—.
Mucho.
Y necesito que no me pidas que lo olvide hoy.
—No te lo voy a pedir —respondió Rosa.
Elena llevó la carta a su habitación.
Leyó el folleto hasta memorizar el nombre del programa que ya no existía.
Después colocó los papeles junto a la vieja convocatoria de hacía ocho años, todavía guardada en una caja de zapatos.
Al día siguiente, David llamó a su puerta antes de salir a repartir.
Vestía el mismo uniforme que Elena había despreciado otras veces cuando quedaba a la vista de los vecinos.
—Te he oído hablar de mí como si mi trabajo fuera una vergüenza —le dijo desde el umbral—.
No una vez, varias.
Elena notó la sangre subirle a las mejillas.
—David, yo quería que pudieras estudiar.
—Y yo sigo queriendo hacerlo.
Pero mientras tanto pago mis cosas.
No soy menos que nadie por llevar esto.
Ella se fijó en las costuras gastadas de su chaqueta.
Le avergonzó reconocer lo mucho que se parecían a las mangas de Gabriel.
—Tienes razón —admitió—.
Te he tratado injustamente.
No volveré a hacerlo, pero sé que tendrás que verlo para creerme.
David la abrazó brevemente.
No dijo que todo estuviera arreglado.
Le dejó tiempo para sostener la incomodidad de sus propias palabras.
Esa tarde Elena escribió a Vera.
No la llamó «mi pequeña» ni fingió una intimidad que no existía.
Le contó cómo conoció a Inés, por qué se quedó en el hospital y cómo se sintió al conocerla de nuevo a través de una fotografía.
Después añadió algo que releyó varias veces antes de dejarlo escrito.
«Ayer no fui amable con tu padre. Él no había hecho nada para merecer mis palabras. No quiero que pienses que una cosa buena que hice hace ocho años borra lo malo que hice ahora. Las dos cosas son verdad, y me corresponde cambiar lo que pueda cambiar».
Mandó el texto al correo que figuraba en la tarjeta de Gabriel.
No adjuntó el currículum ni mencionó su necesidad de empleo.
Esa noche volvió a consultar ofertas, incluida una convocatoria de formación para adultos con plazo todavía abierto.
Dos días después recibió una llamada.
Era Teresa, la abuela de Vera.
—Hemos leído su carta —dijo sin presentaciones—.
Mi nieta quiere verla.
Yo no estoy convencida de que sea lo mejor.
Elena se apoyó contra la mesa.
—Lo entiendo.
No quisiera causarles más problemas.
—Entonces necesito preguntarle algo —continuó Teresa—.
Si mi nieta no fuera la hija del dueño del hotel, ¿también querría volver a verla?
Elena abrió la boca, pero no respondió de inmediato.
Era la primera pregunta de toda aquella historia cuya respuesta no podía encontrar en ninguna carta.
Para saber qué contestó y qué decidió la familia de Inés, sigue con la Parte 5.













