Ocho años antes, Elena llevaba una chaqueta azul que le había prestado su hermano.
Tenía veintiún años, un billete de autobús para la mañana siguiente y una convocatoria impresa que había leído tantas veces que conocía hasta las faltas de ortografía.
La entrevista era para una plaza de formación remunerada en atención hotelera.
Había pasado las pruebas iniciales.
Si la elegían, podría estudiar y cobrar al mismo tiempo, algo impensable en su casa desde que su padre había dejado de trabajar.
Sus últimos veinte euros estaban reservados para completar el desplazamiento.
Aquella noche había ido a la estación a preguntar por una combinación de autobuses.
Encontró a Inés sentada en un banco, pálida, con una mano sobre el vientre y la otra intentando marcar un número en el teléfono.
La pantalla se le apagó antes de que pudiera hablar.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Elena.
—Creo que la niña quiere nacer —respondió la desconocida—.
Todavía faltan semanas.
Elena miró alrededor.
El empleado de la ventanilla estaba bajando la persiana y el último autobús acababa de salir.
Una pareja que aguardaba un taxi observó a Inés sin acercarse.
—Voy a llamar a emergencias —dijo Elena.
El operador les indicó qué hacer mientras llegaba una ambulancia.
Pero Inés estaba aterrada y, entre una indicación y otra, repetía que su marido viajaba por trabajo y no contestaba.
Elena se sentó a su lado, le ofreció agua y sostuvo el teléfono cerca para que ambas oyeran las instrucciones.
Cuando la ambulancia llegó, Inés se negó un instante a subir.
—No quiero ir sola.
Elena miró la convocatoria que sobresalía de su bolso.
Sabía que debía salir al amanecer, pero las manos de Inés temblaban tanto que tomó una decisión antes de pensar en las consecuencias.
—La acompaño —dijo.
En urgencias hubo preguntas, documentos, una espera que pareció interminable.
Inés le pidió un cargador para avisar a Gabriel.
El único comercio abierto lo vendía por una cantidad ridícula para un cable tan pequeño, y Elena utilizó parte del dinero que llevaba.
Reservó el resto para un taxi que la llevaría de vuelta a la estación al terminar todo, pero el vehículo nunca llegó a tiempo.
Inés no le pidió que sacrificara nada.
Varias veces le dijo que se marchara.
Elena no lo hizo porque pensaba, ingenuamente, que todavía podría cumplir con las dos cosas.
Vera nació durante la madrugada.
Elena esperó afuera hasta que una enfermera la llamó para llevar a la habitación una bolsa de ropa que Inés había dejado en recepción.
Cuando entró, la nueva madre tenía los ojos húmedos y una sonrisa agotada.
—Ven, quiero que alguien nos haga una foto —le dijo—.
Quiero recordar quién estuvo aquí.
Una auxiliar utilizó el teléfono de Inés.
En la imagen aparecieron las tres, junto a la manta amarilla del hospital.
Poco después llegó Gabriel, deshecho por el viaje y la preocupación, cuando Elena ya había salido por otra puerta.
Al amanecer, su autobús había partido.
La persona responsable de las entrevistas no respondió a sus llamadas hasta dos días después.
Le explicó con corrección que no podían repetir una prueba individual cuando otros aspirantes habían respetado el horario.
Elena aceptó la decisión.
Lo que no soportó fue el comentario de su padre al volver a casa.
—Siempre encuentras a alguien más importante que tu futuro —le dijo él—.
Así no vas a salir nunca de aquí.
Su madre, Rosa, intentó defenderla, pero Elena estaba demasiado cansada para discutir.
Se encerró en su cuarto y guardó la convocatoria en una caja de zapatos.
Durante años contó la historia como la noche en que perdió una oportunidad.
Nunca la contó como la noche en que nació Vera.
En la salita del hotel, Gabriel escuchó sin interrumpir.
La fotografía seguía entre los dos.
—Inés me dijo que había tenido compañía —murmuró él—.
No me explicó que usted tenía una entrevista a la mañana siguiente.
—No se lo conté —respondió Elena—.
No era asunto suyo.
—Ahora comprendo lo que escribió.
—No —lo contradijo ella, con una firmeza que lo sorprendió—.
Comprende una parte.
No fue Inés quien me hizo perder aquella plaza.
Yo decidí quedarme, y después pasé años enfadada con cualquiera que pareciera tener una vida más fácil.
Gabriel se recostó en el sillón.
—Eso tampoco justifica lo de hoy.
—Ya lo sé.
Y me gustaría poder decirle que nunca he tratado así a otra persona.
Pero sería mentira.
Él miró hacia el vestíbulo.
Vera apareció detrás del cristal, al otro lado del pasillo, sujetando una vela sin encender que Teresa debía de haberle dejado llevar.
Gabriel le hizo una señal para que esperara.
—Mi hija quiere hablar con usted —dijo—.
Yo necesito pensar qué es apropiado para ella.
No quiero que la memoria de Inés se convierta en una negociación por un empleo.
Elena se levantó.
—Tiene razón.
No le pediré eso a Vera.
Gabriel le entregó una tarjeta con el número del hotel.
No prometió llamarla ni ofrecerle otra entrevista.
Solo le pidió que, si deseaba compartir su versión de aquella noche con la niña, escribiera primero unas líneas para que Teresa y él pudieran leerlas.
Elena salió por la misma puerta que había atravesado humillada.
La caja de herramientas seguía junto al muro.
Esta vez la rodeó con cuidado, sin que nadie tuviera que pedírselo.
En el aparcamiento encontró el coche prestado y consultó el indicador de combustible.
Le alcanzaba para regresar a casa, pero no para repetir otro viaje en los próximos días.
Aun así, se quedó sentada un rato, incapaz de poner el motor en marcha.
Cuando llegó, su hermano David estaba cenando con el uniforme de repartidor puesto.
Elena casi le preguntó por qué había dejado el casco sobre la mesa, como hacía siempre.
Se contuvo al recordar el rostro de Gabriel bajo la marquesina.
—¿Cómo fue? —preguntó David.
—Hice algo horrible —respondió ella.
Y se lo contó sin adornarlo.
Rosa escuchaba desde la cocina.
Al oír el nombre de Inés, dejó caer al fregadero la cuchara que estaba lavando.
Elena se volvió, sorprendida.
—Mamá, ¿te acuerdas de aquella mujer de la estación?
Rosa tardó en contestar.
Después se secó las manos en un paño y abrió un cajón donde guardaba papeles antiguos.
—Inés vino a buscarte hace tres años —dijo—.
Se sentó aquí mismo, en nuestra cocina.
Y dejó algo que yo nunca te entregué.
Elena miró el sobre que su madre acababa de sacar, intacto bajo una goma elástica.
Por primera vez entendió que el silencio de su familia podía esconder algo más que el recuerdo de una oportunidad perdida.
¿Qué había decidido Rosa por su hija sin preguntárselo?
Descúbrelo en la Parte 4.













