—¡Eh! ¡Quita esos trastos de ahí!
La voz de Elena Paredes resonó bajo la marquesina de cristal del hotel.
Frente a ella había una caja de herramientas abierta que ocupaba parte de la entrada. Un hombre vestido con ropa oscura de trabajo estaba agachado junto al marco de la puerta, comprobando el mecanismo de cierre con un destornillador.
Elena ni siquiera esperó a que se apartara.
Empujó la caja con la punta de su bota, lo bastante fuerte como para desplazarla sobre el suelo.
—¿No ves que la gente tiene que pasar?
El hombre dejó de trabajar y levantó la cabeza.
Tenía las mangas algo desgastadas y los puños manchados de polvo. No parecía un cliente del hotel, ni mucho menos alguien con quien Elena tuviera intención de hablar.
Sin responder a su tono, recogió el destornillador, cerró parcialmente la caja y la arrastró hasta dejarla pegada a la pared.
—Disculpe. Ya puede pasar.
Su voz era tranquila.
Aquella calma irritó todavía más a Elena.
Llevaba toda la mañana con los nervios de punta. Había recorrido unos sesenta y cinco kilómetros en un coche prestado para llegar a aquella entrevista. La noche anterior apenas había dormido, dando vueltas a las preguntas que podrían hacerle y repasando mentalmente lo que debía responder.
Necesitaba aquel trabajo.
Había gastado sus últimos veinte euros en gasolina y no tenía margen para permitirse otro desplazamiento inútil.
Por eso llevaba el currículum perfectamente colocado dentro de una carpeta rígida, protegida bajo el brazo. Su abrigo color camel estaba limpio, sus botas recién repasadas y el pelo castaño recogido con cuidado.
Quería causar una buena primera impresión.
Sin embargo, delante de aquel hombre, parecía haber olvidado por completo sus propios modales.
El desconocido se incorporó ligeramente y miró la carpeta.
—¿Viene por la entrevista?
Elena apretó los labios.
Le molestó que alguien a quien consideraba un simple trabajador de mantenimiento se interesara por sus asuntos.
—Eso no es de tu incumbencia.
El hombre la observó unos instantes.
—Solo preguntaba.
—Pues no preguntes. Limítate a hacer tu trabajo.
Esta vez, su expresión cambió.
No parecía enfadado. Tampoco avergonzado.
Simplemente dejó de mirarla con la misma cordialidad.
Elena notó aquel cambio, pero lo interpretó como una reacción de orgullo herido. No pensaba disculparse por algo que, a su juicio, no tenía importancia.
El hombre cerró la caja de herramientas con un clic seco y se puso de pie.
Ella volvió a mirar la entrada.
Detrás de los cristales se distinguía un vestíbulo elegante, con un suelo pulido, sillones tapizados en tonos suaves y una recepción cuidadosamente iluminada.
El contraste con la caja de herramientas le parecía absurdo.
En un establecimiento de aquella categoría, pensó, alguien debería haberse ocupado de dejar despejada la puerta antes de que llegaran los clientes.
Ajustó la carpeta bajo el brazo y se preparó para entrar.
En ese momento, la puerta de cristal se abrió desde dentro.
Salió un empleado vestido con un traje impecable. Llevaba el pelo perfectamente peinado y una expresión profesional.
Elena enderezó la espalda de inmediato.
Su rostro cambió.
La irritación desapareció de sus facciones y fue sustituida por una sonrisa amable, cuidadosamente ensayada.
Sujetó la carpeta con las dos manos.
Por fin, alguien que parecía formar parte del personal responsable.
Pero el empleado apenas le prestó atención.
Miró directamente al hombre que acababa de apartar la caja de herramientas.
—Señor Herrera, ¿quiere que haga pasar a la candidata?
Elena sintió una punzada de desconcierto.
La sonrisa se le borró lentamente.
El empleado seguía esperando una respuesta del hombre de la ropa polvorienta.
No había confundido a nadie.
No le estaba hablando a ella.
Elena giró la cabeza.
El desconocido permanecía a su lado, completamente erguido, con la misma tranquilidad que había mostrado desde el principio.
Por primera vez, ella se fijó realmente en su manera de comportarse.
No parecía preocupado por la presencia del empleado.
Tampoco necesitaba explicarle qué estaba haciendo allí.
Era el otro hombre quien esperaba instrucciones.
A Elena se le secó la boca.
—Perdone… ¿usted es el dueño?
El señor Herrera sostuvo su mirada durante un segundo.
Después empezó a quitarse los guantes de trabajo.
Lo hizo sin prisa, como si necesitara terminar aquella pequeña tarea antes de dar una respuesta.
—La entrevista ha terminado.
Elena sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Cómo?
Él no repitió sus palabras.
Se limitó a recoger la caja de herramientas y se volvió hacia la puerta.
—Espere, por favor.
Su voz ya no tenía nada de arrogante.
Ahora sonaba casi desesperada.
—No sabía quién era usted.
Herrera siguió caminando.
Elena dio un paso tras él, con el currículum todavía apretado contra el pecho.
—He venido desde muy lejos. Necesito este puesto. ¿Podemos hablar un momento?
El propietario atravesó la puerta de cristal.
Ella lo siguió hasta el vestíbulo.
Aquel lugar que unos segundos antes le había parecido una promesa de estabilidad se había convertido en el escenario de su peor error.
Herrera se detuvo junto a la entrada, con una mano apoyada en el cristal.
No se volvió.
Elena abrió la boca, intentando encontrar unas palabras que no sonaran a otra excusa.
Pero no llegó a pronunciarlas.
Desde el interior del vestíbulo se oyó el sonido de unos pasos pequeños y apresurados.
Una niña corrió hacia el señor Herrera y lo abrazó por la cintura.
—¡Papá!
El hombre bajó la mirada hacia ella.
Elena se quedó inmóvil.
La pequeña levantó la cabeza, miró a su padre y después observó a Elena con una expresión de inesperada curiosidad.
Durante un instante, pareció estar comparando su rostro con algo que recordaba.
Entonces hizo una pregunta que dejó a Elena sin saber qué decir.
—Papá, ¿es ella la mujer de la carta de mamá?













