—¡Papá, se parece a mí!
Sebastián Cordero se volvió hacia su hija. Lía estaba junto a una fuente del centro de Madrid y señalaba a un niño que abrazaba una bolsa de papel contra el pecho. La sonrisa que Sebastián llevaba un momento antes desapareció en cuanto le vio la cara.
El pequeño era delgado, tenía la ropa demasiado grande y parecía agotado. Llevaba el pelo descuidado y tenía las manos sucias. Sin embargo, lo que detuvo a Sebastián no fue su aspecto, sino algo mucho más difícil de explicar.
La misma piel clara que Lía. El mismo mentón pequeño. Y unos ojos azules, hundidos y expresivos, tan parecidos a los de su hija que resultaba inquietante. También eran como los suyos.
Sebastián miró a Lía, después al niño, intentando convencerse de que era una coincidencia. Había visto parecidos entre desconocidos antes. Nunca uno así.
Se agachó a una distancia prudente.
—Hola. ¿Cómo te llamas?
El niño apretó la bolsa contra su cuerpo.
—Mateo.
Lía se acercó un paso, llena de curiosidad.
—Yo soy Lía. Y él es mi papá.
Mateo levantó la vista hacia Sebastián y lo observó largo rato. No parecía sorprendido por la presentación. Más bien daba la impresión de estar comparando su rostro con algo que recordaba.
Finalmente abrió la bolsa de papel y sacó una fotografía gastada, en blanco y negro. Tenía las esquinas dobladas y la superficie marcada por el paso del tiempo. Se la tendió a Sebastián sin decir nada.
En la imagen aparecía un hombre más joven, sentado en un hospital con un bebé envuelto en una manta entre los brazos. Era el propio Sebastián.
Su mano comenzó a temblar antes de tocar el papel.
Conocía aquella fotografía. Recordaba el momento en que se había tomado y el desconcierto de descubrir, más tarde, que había desaparecido. No la había visto en siete años.
—¿De dónde has sacado esto? —preguntó.
—Me la dio mi madre.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Cómo se llama tu madre?
—María.
El sonido del agua seguía cayendo en la fuente. Los coches pasaban al otro lado de la plaza y la gente caminaba a su alrededor. Pero Sebastián apenas escuchaba nada. Solo podía mirar aquella fotografía que un desconocido acababa de sacar de una bolsa de papel.
—¿Y qué te dijo María sobre ella?
Mateo tragó saliva.
—Me dijo que, si algún día encontraba a un hombre con los ojos azules, le preguntara si era mi padre.
Lía frunció el ceño y miró de uno a otro.
—¿Papá?
Sebastián quiso contestarle. No pudo. La fotografía le había devuelto a un día que creía conocer hasta el último detalle.
Siete años antes, su mujer, Clara, había dado a luz. Habían esperado a dos bebés: una niña y un niño. Sebastián recordaba las luces del hospital, el cansancio y la angustia, la sensación de que las horas transcurrían sin que nadie le explicase lo suficiente.
Los médicos le pusieron a una recién nacida en brazos. Era Lía. Le dijeron que había habido complicaciones y que el segundo bebé, su hijo, no había sobrevivido.
Sebastián aceptó aquellas palabras porque no supo qué otra cosa hacer. Estaba feliz de poder sostener a su hija y destrozado por la pérdida del niño. Durante los siete años siguientes había vivido con ambas cosas: el amor por Lía y el recuerdo de un hijo al que creía haber perdido el mismo día de su nacimiento.
Ahora, un niño de la misma edad que Lía estaba frente a él. Tenía sus ojos. Compartía rasgos tan precisos con su hija que Sebastián no podía dejar de mirarlos. Y llevaba una fotografía que había desaparecido de su vida justo entonces.
Ninguna de aquellas cosas demostraba por sí sola quién era Mateo. Sebastián lo sabía. Pero juntas abrían una posibilidad que le daba miedo formular en voz alta.
Volvió a examinar el rostro del hombre joven en la fotografía. Su propio rostro. Un bebé en sus brazos. Un instante de aquel día conservado en un papel que, durante siete años, había estado fuera de su alcance.
—Mateo… —murmuró.
El niño no se movió. Continuaba sujetando la bolsa con una mano, como si fuera lo único que tenía que proteger.
Lía se colocó junto a su padre. Sebastián volvió a mirar a los dos pequeños: la misma piel, los mismos ojos azules, el mismo mentón. La pregunta de su hija seguía sin respuesta.
La garganta se le cerró. Había ido a la fuente con Lía como cualquier otro día. No esperaba encontrar una fotografía perdida, ni escuchar el nombre de María, ni volver a pensar que tal vez le habían contado mal la historia del nacimiento de sus hijos.
Alargó una mano hacia Mateo, pero se detuvo antes de tocarlo.
—Tú eres mi… —empezó.
Las palabras no salieron. Y el niño siguió mirándolo, esperando una respuesta.













