Arturo sostuvo el requerimiento con las dos manos.
La firma de Víctor estaba al pie, junto al nombre de una empresa de alojamientos que Arturo no conocía.
No figuraba ninguna orden judicial.
Era una exigencia privada, redactada con palabras lo bastante severas para asustar a cualquiera.
—¿Cómo te llamas? —preguntó a la niña.
—Lucía.
—Lucía, ¿tu madre sabe que has venido sola?
Ella negó con la cabeza y bajó los ojos.
—Le dije que iba a buscar pan.
Arturo dobló el documento sin apartar la vista de ella.
No había tiempo para preguntarle por qué su hijo había firmado aquella amenaza.
Primero necesitaba averiguar si la mujer de la habitación doce podía respirar sin ayuda.
—Hugo, llama al ciento doce —ordenó al dependiente—. Explícales que hay una mujer muy enferma en el Hostal Los Álamos y que su hija pequeña pide ayuda.
Hugo se quedó mirándolo con la misma expresión de desconcierto que había tenido cuando escuchó la cifra de cuatrocientos cincuenta euros.
Después marcó el número y facilitó la dirección que Lucía recordaba.
Arturo le pidió que dejara constancia de que él acudiría al alojamiento para abrir la puerta a los sanitarios si era necesario.
—¿Y el dinero? —preguntó Lucía.
Arturo vio el billete de nueve euros todavía sobre el mostrador.
—No vamos a hacerte firmar ninguna venta.
Tu anillo se queda guardado hasta que tu madre decida qué hacer con él.
Y los cuatrocientos cincuenta euros serán una ayuda, no una deuda.
Sacó el dinero de su cartera, sin tocar la caja registradora, y lo metió en un sobre.
Lucía lo sostuvo con las dos manos, pero no pareció más tranquila.
El anillo era lo único que la unía a la historia que su madre le contaba de pequeña.
Fueron en taxi, porque Arturo temía conducir con las manos temblorosas.
Durante el trayecto, Lucía contó que su madre había llegado a la ciudad hacía nueve días.
Antes vivían en otra provincia y Ana trabajaba arreglando vestuario para una escuela de danza.
Había perdido encargos por una enfermedad que al principio parecía una gripe.
Luego llegaron la fiebre y una tos que apenas la dejaba dormir.
—¿Por qué vinisteis aquí? —preguntó Arturo.
Lucía miró las fachadas por la ventanilla.
—Mamá dijo que tenía que hablar con alguien de cuando era joven.
Compró el billete de autobús y guardó una carta en su bolso.
Pero cuando llegamos tuvo miedo y no quiso ir a verlo.
Arturo no necesitó preguntar de quién hablaba.
Sin embargo, no quiso apropiarse de una respuesta que Ana todavía no le había dado.
El Hostal Los Álamos ocupaba dos plantas sobre una cafetería cerrada.
En recepción, una mujer llamada Belén reconoció a Lucía y se llevó la mano a la boca.
—La he estado llamando desde esta mañana —dijo—. No responde.
Belén subió con ellos.
Golpearon la puerta de la habitación doce y escucharon un gemido apagado.
La recepcionista abrió con su llave de emergencia después de anunciarse varias veces.
La mujer de la cama estaba sudorosa, con los labios secos y la respiración trabajosa.
Arturo se quedó en el umbral.
El cabello de Ana era más oscuro de lo que recordaba, y había una línea de cansancio junto a sus ojos.
Pero reconoció la forma en que fruncía el entrecejo cuando intentaba incorporarse.
—Papá —dijo ella, casi sin voz.
Él dio un paso, incapaz de decidir entre abrazarla o pedirle perdón.
—No te levantes.
Ya vienen a ayudarte.
Ana vio a Lucía detrás de él y trató de estirar un brazo.
—No debías salir sola.
—Tenía miedo de que no despertaras —respondió la niña.
Los sanitarios llegaron poco después.
Le tomaron las constantes y explicaron que debían trasladarla para una valoración urgente.
Arturo facilitó su nombre y se apartó para que pudieran trabajar.
No hizo promesas sobre un diagnóstico que todavía nadie conocía.
Mientras preparaban el traslado, Belén lo llamó discretamente al pasillo.
Le mostró otro aviso, idéntico al que llevaba Lucía, con el nombre de la huésped escrito a mano.
—Este llegó ayer —explicó—. La empresa gestora nos ordenó comunicarlo, pero yo me negué a sacar sus cosas.
No me corresponde echar a una mujer enferma a la calle.
—¿Conoces a quien lo envió?
—Un señor vino esta mañana.
Preguntó si Ana seguía aquí y quiso entrar a verla.
No dijo que fuera familia.
Arturo sacó del bolsillo una fotografía reciente de Víctor que llevaba en una tarjeta de la empresa familiar.
Belén asintió con evidente incomodidad.
—Es él.
Lucía apretó la mano de Arturo.
El anciano comprendió que su hijo no había firmado un simple aviso sin conocer a sus destinatarias.
Había estado allí, frente a una mujer enferma que llevaba veinte años desaparecida.
En el hospital, Ana quedó bajo observación por una infección respiratoria y deshidratación.
Los médicos hablaron de pruebas, tratamiento y vigilancia durante las horas siguientes.
Arturo no insistió en entrar cuando le pidieron que esperase.
Se sentó con Lucía y compró un bocadillo que la niña apenas tocó.
—¿Eres de verdad el abuelo del anillo? —preguntó ella.
Arturo asintió.
—Sí.
Pero eso no significa que tengas que confiar en mí de golpe.
Lucía pensó unos segundos.
—Mamá dice que tú no querías verla.
Arturo sintió que le habían colocado el requerimiento sobre el pecho.
—Yo pensaba que era ella quien no quería verme.
Cuando Ana pudo recibir una visita breve, pidió hablar con su padre sin Lucía.
Estaba conectada a un gotero y parecía agotada, pero su mirada era firme.
—No he venido por tu dinero —le dijo.
—Lo sé.
—Eso dijiste hace veinte años, antes de creer lo contrario.
Arturo bajó la cabeza.
No recordaba haber pronunciado aquellas palabras de la manera que ella describía.
Recordaba, en cambio, una noche en que escuchó a Víctor y decidió no escuchar a Ana.
La diferencia lo avergonzó.
—Hay algo que debes saber —dijo él—. Víctor ha firmado la orden para que abandones el hostal.
Ana cerró los ojos.
—Entonces ha descubierto que estoy aquí.
—Ya lo sabía.
Esta mañana fue a verte.
Ana abrió los ojos con una expresión que Arturo no había visto ni siquiera en la habitación.
—No, papá.
Ese hombre no ha venido a visitarme.
Ha venido a buscar la carta que todavía conservo.
Arturo se incorporó.
—¿Qué carta?
Ana volvió el rostro hacia la ventana.
—La que demuestra que intenté regresar a casa y alguien decidió impedirlo.
¿Qué decía aquella carta y por qué Víctor necesitaba recuperarla antes que su padre pudiera leerla?
La respuesta comenzaba en la parte de su historia que Ana nunca había conseguido contar.
Sigue en la Parte 3 para descubrir qué ocurrió con las cartas que separaron a esta familia.













