—Por favor, mi madre se muere. Es lo único que nos queda.
La niña apenas alcanzaba el mostrador. Se había puesto de puntillas para dejar un pequeño anillo de oro sobre la madera, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Llevaba un abrigo demasiado fino para el frío que hacía fuera.
El joven dependiente cogió la joya, la miró unos segundos y abrió la caja registradora.
—Nueve euros.
Dejó el billete delante de ella.
La pequeña bajó los ojos hacia el dinero. Después volvió a mirar el anillo.
—Pero mi madre está muy enferma —susurró—. Necesita ayuda.
—Es lo que puedo darte.
La niña apretó los labios. Parecía estar haciendo un esfuerzo enorme para no llorar.
A pocos metros, Arturo Salazar estaba revisando las cuentas del negocio. Llevaba tantos años al frente de aquella casa de empeños que conocía demasiado bien la expresión de quienes entraban dispuestos a vender sus últimos recuerdos.
Pero aquella niña no había ido a buscar dinero para ella.
Había ido a intentar salvar a su madre.
Arturo cerró el libro de cuentas con un golpe tan seco que ambos se sobresaltaron.
—Dale cuatrocientos cincuenta euros.
El dependiente se volvió inmediatamente.
—Don Arturo, pero si ese anillo no vale…
—He dicho cuatrocientos cincuenta. Ahora.
El muchacho se quedó pálido.
La niña miró al anciano sin comprender. Hacía unos segundos le habían ofrecido nueve euros. Ahora aquel hombre estaba dispuesto a darle cincuenta veces más.
Arturo extendió la mano.
—¿Me dejas ver el anillo?
La pequeña dudó, pero finalmente asintió.
Arturo lo sostuvo entre los dedos. El oro estaba desgastado y la montura mostraba las señales de muchos años de uso. No parecía una joya especialmente valiosa.
En circunstancias normales habría comprobado el peso, el estado del metal y la piedra. Eso era lo que llevaba haciendo durante buena parte de su vida.
Sin embargo, al girarlo para observar el interior, vio unas letras diminutas.
Se acercó a la luz.
La inscripción estaba gastada, pero todavía podía leerse:
«Con amor, Salazar».
Arturo dejó de respirar durante un instante.
Conocía aquellas palabras.
No porque hubiese visto otra joya semejante.
Sino porque él mismo había encargado aquella inscripción muchos años atrás, después del nacimiento de su hija Ana.
Recordó el día en que decidió conservar el anillo para ella. Quería entregárselo cuando fuera lo bastante mayor para comprender que algunas cosas tenían un valor que no podía medirse en dinero.
Y cumplió su promesa.
Cuando Ana cumplió dieciocho años, Arturo se lo regaló después de su primera actuación de danza.
Todavía recordaba su sonrisa, la emoción con la que había abierto el pequeño regalo y la manera en que lo había abrazado.
—Si algún día la vida te trata mal, quiero que recuerdes una cosa —le había dicho—. Hubo un tiempo en que alguien te quiso más que a nada en el mundo.
Ana había guardado aquellas palabras junto con el anillo.
Después, desapareció.
Hacía veinte años que Arturo no veía a su hija.
Durante aquel tiempo había intentado aceptar lo que le habían contado sobre su desaparición. Pero ninguna explicación había conseguido borrar su recuerdo.
Ahora tenía entre los dedos el mismo anillo que había entregado a Ana.
Y delante de él esperaba una niña que aseguraba que su madre estaba muriéndose.
Arturo levantó lentamente la cabeza.
—¿De dónde has sacado esto?
La niña retrocedió un paso.
Había algo en su voz que la asustaba. Ya no parecía un hombre amable dispuesto a ayudarla, sino alguien que acababa de encontrar algo que llevaba toda una vida buscando.
Arturo intentó calmarse.
—Perdona, pequeña. No quiero asustarte. Solo necesito saber quién te dio este anillo.
Ella tragó saliva.
—Era de mi abuelo. Se lo regaló a mamá.
Arturo sintió un golpe doloroso en el pecho.
Miró otra vez las letras.
«Con amor, Salazar».
Era imposible confundir aquella inscripción. Él mismo había elegido cada palabra.
Pero también sabía que un anillo, por sí solo, no podía responder todas las preguntas que se agolpaban en su cabeza.
—¿Dónde está tu madre ahora?
La niña se secó una lágrima con la manga.
—En el Hostal Los Álamos. Habitación doce.
—¿Está sola?
—Esta mañana no podía levantarse de la cama. Me dijo que no vendiera el anillo, salvo que fuera absolutamente necesario.
La voz se le quebró.
Arturo ya estaba buscando su abrigo.
Quería salir inmediatamente. Necesitaba llegar a aquella habitación y ver con sus propios ojos a la mujer que estaba allí.
Entonces la pequeña añadió algo que hizo que se detuviera.
—Por favor, dese prisa. Antes vino un hombre a verla.
Arturo la miró.
—¿Qué hombre?
—No lo sé. Pero mamá tenía mucho miedo.
El anciano sintió cómo se le helaba la sangre.
No sabía si la mujer del hostal era realmente su hija. Tampoco entendía por qué alguien habría ido a asustarla mientras estaba tan enferma.
Lo único que sabía era que no podía perder más tiempo.
Cuando volvió a mirar el mostrador, vio un papel doblado junto al anillo.
La niña debía de haberlo dejado caer sin darse cuenta.
Arturo lo recogió para devolvérselo.
Pero, al abrirlo, se quedó inmóvil.
Era un requerimiento para abandonar el alojamiento.
Leyó el documento con el ceño fruncido, intentando comprender por qué una mujer enferma y su hija podían estar a punto de quedarse sin un lugar donde dormir.
Entonces vio la firma.
Al principio creyó que había leído mal.
Acercó el papel a sus ojos.
Volvió a mirar el nombre.
Víctor Salazar.
Su propio hijo.













