Ricardo examinó el documento sin comprender cómo alguien había podido utilizar su nombre para sacar a su hija del país.
«No es mi firma», repitió. «Se parece, pero no la hice yo.»
El inspector Ortega colocó la copia sobre la mesa de una sala reservada del hospital.
«No necesitamos que adivine quién la falsificó. Necesitamos saber quién tenía acceso a sus documentos y qué ocurrió antes de que le anunciaran la muerte de Emilia.»
Ricardo mencionó a su gestor, al despacho de abogados de la familia y a Vanesa. Su esposa solía coordinar los viajes privados y guardaba copias de los pasaportes en un archivador de casa.
«¿Vanesa es la madre de la niña?», preguntó el inspector.
«No. La madre de Emilia, Clara, murió hace cuatro años. Vanesa y yo nos casamos después.»
Se quedó mirando el borde de la mesa. Le avergonzaba tener que explicar, en una investigación sobre su hija, lo poco que había sabido de la vida cotidiana de ambas durante los últimos meses.
«¿Cómo se llevaban?»
«Al principio bien. Últimamente Emilia no quería quedarse sola con ella. Yo pensé que era una etapa difícil.»
Recordó la última cena en que su hija le pidió hablar a solas. Él tenía una llamada de trabajo y le dijo que al día siguiente encontrarían un momento. Al día siguiente, Vanesa anunció que Emilia se había desmayado.
«Dijo que los médicos no pudieron hacer nada», murmuró.
«¿Vio usted un certificado original?»
«Me enseñó una hoja. Ni siquiera fui capaz de leerla.»
Ortega anotó la respuesta. La comprobación inicial apuntaba a que el supuesto certificado llevaba el nombre de un facultativo que ya no trabajaba en el centro indicado. También habían aparecido irregularidades en los trámites funerarios: los papeles presentados no acreditaban un fallecimiento inscrito válidamente.
«¿Cómo pudo montarse todo?», preguntó Ricardo.
«Lo estamos investigando. El hecho de que se organizara una ceremonia no demuestra que hubiera autorización legal para inhumar.»
Ricardo pensó en los cuarenta o cincuenta rostros que habían acudido al cementerio, en las flores y en los discursos. Todo aquello había dado apariencia de realidad a algo que nadie se detuvo a verificar.
Más tarde, con autorización de los investigadores, acompañó a una agente a su vivienda para localizar los documentos solicitados. La casa estaba silenciosa. Una taza de Emilia seguía en el escurridor y sus zapatillas descansaban junto al sofá.
Ricardo se detuvo delante de la puerta del dormitorio.
«No sé si puedo entrar.»
«No tiene que hacerlo solo», dijo la agente.
Sobre el escritorio encontraron un cuaderno escolar. Había dibujos de un jardín, nombres de plantas y una lista escrita con letra infantil: «Preguntar a papá por el dinero de la escuela».
Ricardo pasó una página.
Emilia había dibujado dos edificios unidos por una flecha. Encima del primero había escrito «Fundación Clara» y encima del segundo, «Salvia».
No era una prueba de nada por sí misma. Sin embargo, le recordó algo que había pospuesto durante semanas.
La Fundación Clara, creada en memoria de la primera esposa de Ricardo, financiaba material escolar en varios barrios de Madrid. Emilia ayudaba a preparar pequeños paquetes de libros y preguntaba constantemente adónde llegaban.
Tres semanas antes, le había dicho que algunos niños no habían recibido sus cuadernos. Ricardo respondió que consultaría a Vanesa, quien coordinaba la administración.
Nunca llegó a hacerlo.
En el escritorio había también una tableta. Ricardo no la abrió. Llamó a la agente y le explicó que Emilia la utilizaba para hacer dibujos y enviar mensajes de voz. La policía se hizo cargo del aparato para que su contenido pudiera examinarse con las garantías necesarias.
«¿Cree que encontró algo?», preguntó la agente.
«Creo que intentó contármelo y yo no la escuché.»
La culpa le apretó la garganta. Recordó la mochila de Emilia junto a la puerta, esperando un viaje de fin de semana que nunca llegaron a hacer, y le dolió haber confundido su paciencia con tranquilidad. La agente no le prometió respuestas. Le pidió que no confundiera su ausencia con la decisión de hacer daño que pudiera haber tomado otra persona.
En otra sala, Inés Martín prestó una segunda declaración, esta vez con mayor tranquilidad. Su hijo Nico estaba en casa con su padre, bajo una manta y con una taza de caldo caliente.
Inés recordó una conversación que había escuchado en la clínica.
«La señora Salazar dijo que la niña no se había despertado desde que ella le dio las gotas. El doctor Cárdenas respondió que era culpa suya por haber repetido una dosis sin consultarlo.»
«¿Vio usted el frasco?»
«Vi uno sobre la bandeja cuando llegaron. No puedo asegurar que fuera el mismo. Lo que sí oí fue a esa mujer decir que había puesto las gotas en la bebida.»
Entonces explicó la acusación de Nico. El muchacho había ido a buscarla al terminar un turno anterior y escuchó desde el pasillo parte de aquella discusión. Después, Inés confirmó en voz baja lo que había oído y le pidió que no entrara en el ala restringida.
No se trataba de que un niño hubiera diagnosticado un coma; había repetido con desesperación palabras que escuchó a los adultos responsables.
La investigación financiera avanzaba con la misma lentitud cuidadosa. Un auditor externo, citado por la policía, identificó transferencias sospechosas desde la fundación a una empresa llamada Salvia Norte. No bastaba para atribuirlas a Vanesa, pero sí para solicitar expedientes bancarios y contratos.
Esa noche, cuando Ricardo volvió al hospital, una enfermera le permitió sentarse junto a Emilia durante unos minutos. Su hija seguía sin despertar, pero la respiración era más estable.
Le sostuvo la mano sin apretarla.
«Hoy he encontrado tu cuaderno», le dijo. «He visto la pregunta que me hiciste. Sé que llego tarde.»
El teléfono de Ricardo vibró. Era Ortega.
«Hay una grabación breve en la tableta, y necesitamos que venga a escucharla. Su hija la guardó tres días antes de desaparecer.»
Ricardo miró la mano inmóvil sobre la sábana.
Por primera vez comprendió que Emilia no solo había estado en peligro: también había intentado advertirle antes de que nadie anunciara su muerte.
¿Qué había dejado grabado una niña de ocho años que los adultos no quisieron escuchar? Descúbrelo en la Parte 5.













