El primer hombre que se movió fue el encargado de la funeraria.
«Señor Salazar, el féretro está sellado», murmuró, con las manos levantadas.
«Entonces quite los sellos.»
Ricardo no gritó esta vez. Miraba al hombre con una expresión que no admitía demoras, aunque por dentro estaba temblando.
El sacerdote pidió que todos retrocedieran y una mujer comenzó a llorar junto a las flores blancas. Ricardo oyó los sollozos como si llegaran desde otro cementerio.
Uno de sus escoltas soltó al muchacho. El otro todavía le sujetaba una muñeca.
«Déjenlo», ordenó Ricardo. «Y que nadie lo amenace.»
El niño se incorporó con dificultad. Tenía barro hasta las rodillas y respiraba tan deprisa que apenas podía hablar.
«¿Cómo te llamas?»
«Nicolás Martín. Todos me llaman Nico.»
«Nico, mírame. ¿Has visto a Emilia viva?»
El chico asintió, pero no de inmediato.
«La vi anoche. No se despertaba, pero tenía un tubo de oxígeno. Mi madre estaba intentando conseguir ayuda.»
Ricardo sintió que el mundo se inclinaba bajo sus zapatos.
«¿Dónde?»
«En una clínica privada, cerca de Aravaca. Se llama Santa Clara.»
Vanesa se adelantó con el paraguas torcido.
«¡Esto es una locura! Ese niño se ha aprendido una historia. Ricardo, estamos en pleno funeral.»
«Precisamente», respondió él, sin mirarla.
El encargado de la funeraria hizo saltar el último cierre. Dos operarios levantaron la tapa bajo la vigilancia de todos. Dentro había un pequeño bulto cubierto por una tela blanca, colocado sobre almohadones para imitar el tamaño de una niña.
Ricardo se llevó una mano a la boca.
«Que nadie toque nada», dijo una voz entre los presentes.
Era la doctora Beltrán, una antigua amiga de la familia que había acudido a acompañarlo. Se acercó sin tocar el interior.
«Eso no es un cuerpo, Ricardo. Llama a emergencias y a la policía. Ahora.»
Ricardo sacó el teléfono con dedos torpes. Comunicó la situación al 112, dio el nombre del cementerio, explicó que se había organizado el funeral de una menor cuyo ataúd parecía no contener un cadáver y facilitó la ubicación indicada por Nico.
La operadora le pidió que no alteraran la escena y que no intentara entrar por su cuenta en la clínica. Coordinó el aviso a los servicios policiales y sanitarios.
El silencio cambió de naturaleza. Ya no era el del duelo, sino el de una multitud que comprendía que alguien había preparado una representación terrible.
El director de la funeraria retrocedió hasta el muro de piedra.
«Me entregaron el féretro ya cerrado», dijo. «Recibimos una autorización y un certificado. Pregunten en administración.»
«¿Quién hizo la entrega?», preguntó Ricardo.
El hombre miró a Vanesa antes de contestar.
«Una empresa de traslados contratada por la señora Salazar.»
Vanesa dejó caer el paraguas. El golpe contra la grava sonó más fuerte que las campanas lejanas.
«Lo hice para protegerte de los trámites», aseguró. «Estabas destrozado. Yo me ocupé de todo.»
«¿También te ocupaste de no dejarme ver a mi hija?»
Ella abrió la boca y la cerró sin responder.
Ricardo recordó que, después de comunicarle la supuesta muerte, Vanesa le había dicho que no podía entrar a despedirse de Emilia porque los médicos habían recomendado mantener el ataúd cerrado. Él no había discutido. Había aceptado cualquier indicación que le permitiera respirar durante cinco minutos más.
Nico tiró suavemente de su manga.
«Mi madre es enfermera auxiliar. Trabaja en Santa Clara. Me mandó un mensaje antes de que le quitaran el móvil.»
Mostró la pantalla agrietada de un teléfono antiguo. El texto decía: «Nico, la niña de la foto está aquí. Se llama Emilia. Está viva. Ala norte, habitación cuatro. He pedido ayuda. Si no contesto, busca a la policía».
Debajo aparecía la hora, poco antes del amanecer.
«¿Por qué has venido aquí en lugar de ir a comisaría?», preguntó Ricardo, intentando mantener la voz serena.
«Fui a pedir ayuda a una patrulla, pero había salido por otra calle. Mi padre me había dicho que el funeral era esta mañana. Pensé que, si esperaban a encontrar a mi madre, la enterrarían.»
El niño bajó los ojos.
«No sabía que el ataúd estaba vacío.»
Nico miró hacia el féretro abierto y empezó a llorar en silencio. Hasta ese momento, ni siquiera había comprendido que también podían haber engañado a quienes habían venido a despedirse de Emilia.
«Has hecho lo que has podido», respondió Ricardo. «Ahora los adultos tienen que hacerse cargo.»
Por primera vez, Nico pareció recordar que tenía doce años. Le empezaron a castañetear los dientes.
La doctora Beltrán lo cubrió con su abrigo y le pidió a un empleado del cementerio que consiguiera una manta seca. Ricardo solicitó al operador de emergencias que también localizaran a Inés Martín, la madre del niño.
Llegaron dos agentes y cerraron el paso al féretro. Uno tomó los datos de Nico con delicadeza y habló con él en presencia de la doctora. El otro apartó a Ricardo y a Vanesa para escuchar sus versiones por separado.
«No pueden marcharse sin avisarnos», les indicó.
Vanesa insistió en que debía llamar a su abogado. El agente le respondió que podía hacerlo, pero primero necesitaban asegurar la documentación y comprobar dónde estaba la menor.
Ricardo apenas escuchaba. En su cabeza solo repetía una frase: habitación cuatro.
Media hora después, un inspector recibió una llamada por radio y se acercó deprisa.
«Señor Salazar, hay una paciente menor de edad registrada con otro nombre en esa clínica», explicó. «Un equipo sanitario está de camino y hemos solicitado que no la trasladen.»
Ricardo dio un paso hacia él.
«¿Es mi hija?»
«Aún estamos verificándolo. Pero la auxiliar que ha alertado al servicio de urgencias ha reconocido a Emilia en una fotografía.»
Nico levantó la cabeza al oír hablar de su madre.
El inspector volvió a escuchar su radio. Su expresión se tensó.
«Hay un problema. El personal de la clínica acaba de preparar una ambulancia para llevarse a la niña por la salida de atrás.»
Si la paciente de la habitación cuatro era realmente Emilia, alguien estaba intentando moverla justo cuando la policía comenzaba a buscarla.
Para descubrir si podían llegar a tiempo y quién había ordenado el traslado, continúa con la Parte 3.













