Julián tenía el despacho en una calle estrecha del centro de Segovia, encima de una librería.
Cuando llegamos, había despejado la mesa y colocado tres sillas frente a él.
La tercera era para mi madre, no para mí.
«Quiero oírlo de Margarita», explicó.
Ella sacó el móvil y abrió la foto que había tomado el día de la visita de Ricardo.
En la pantalla se leía «Autorización para consulta técnica del acceso al camino rural».
El texto permitía solicitar información sobre el estado de la vía, sin mencionar representación legal, médicos ni venta de terrenos.
Al pie aparecía la firma de mamá y una fecha escrita de su puño y letra.
«Solo firmé esto», dijo.
Julián anotó la fecha y pidió que conserváramos el archivo original, sin recortarlo ni reenviarlo innecesariamente.
Después examinó la imagen del supuesto poder que yo había visto en el piso.
No afirmó que fueran documentos falsificados; dijo que había indicios serios que debían comprobarse.
«Una firma parecida no convierte a Estefanía en representante de tu madre», señaló.
«Y preparar una solicitud judicial tampoco significa que un tribunal haya acordado ninguna medida».
Mamá alzó la barbilla.
«No necesito que mi hijo me defienda como si yo no pudiera hablar».
«Tiene razón», respondió Julián.
«Mi trabajo es ayudarla a proteger sus decisiones, no sustituirlas».
Aquella frase me avergonzó un poco.
Yo llevaba desde el día anterior prometiendo proteger a mamá y apenas le había preguntado qué quería hacer.
Ella fue quien pidió que se comprobara si alguien había utilizado sus datos para gestionar trámites sin su consentimiento.
También solicitó orientación para presentar una denuncia si las verificaciones confirmaban el uso indebido de su firma.
Le mostramos la carta que yo había dejado dos semanas sin abrir.
La había enviado Julián después de recibir una consulta de Promociones Vereda Alta, una sociedad que preguntaba por una posible negociación sobre Los Sauces.
Su respuesta había sido tajante: cualquier conversación tenía que pasar por la propietaria, Margarita Herrera, y ella no había puesto el terreno en venta.
«La empresa dijo tener un interlocutor de confianza», explicó Julián.
«Nunca me comunicó el nombre».
Enviamos, con el consentimiento de mamá, una comunicación escrita para aclarar que no había autorizado venta, opción de compra ni representación alguna.
Julián insistió en que aquello no bastaba para resolver todo, pero impedía seguir tratando nuestra falta de respuesta como una aprobación.
Pidió además una nota registral actualizada para comprobar la situación de la propiedad.
«¿Y los informes médicos?», pregunté.
«Primero solicitaremos información por los cauces adecuados», contestó.
«No vamos a afirmar que dos profesionales han cometido algo sin escuchar su versión».
Mamá asintió.
No quería que la defensa de su nombre se convirtiera en acusaciones precipitadas contra desconocidos.
Me pidió un papel y escribió los nombres de los médicos tal como aparecían en las fotografías.
Su letra era firme, aunque seguía temblándole ligeramente la mano izquierda.
No supe si el temblor era de rabia o del cansancio de aquella mañana.
A media tarde, Emilia llamó para pedirnos una reunión.
No quería volver al piso y decía tener miedo de que su hermana le quitara el ordenador.
Julián propuso que acudiera al despacho al día siguiente y que trajera solamente las comunicaciones que hubiera recibido directamente.
Nadie le prometió inmunidad ni un final fácil.
Cuando salimos, mamá insistió en pasar por la ferretería.
Necesitaba un tornillo para el pestillo del cobertizo, el mismo que estaba reparando cuando yo había llegado.
Me pareció absurdo preocuparse por un tornillo después de aquella reunión.
Ella eligió dos y me miró con paciencia.
«Los papeles se resolverán cuando se resuelvan», dijo.
«Las vacas siguen necesitando que la puerta cierre».
Regresamos antes de anochecer.
Mientras ella preparaba la cena, yo revisé las notas que había guardado de varios trabajos de ingeniería realizados cerca de la finca.
En noviembre había medido una zona de escorrentía detrás de los establos porque el agua de lluvia estaba erosionando un talud.
Recordaba haberle enviado a Estefanía un plano de situación para explicarle por qué no podíamos celebrar allí parte de la boda.
No le había dado permiso para utilizarlo en ningún otro proyecto, pero sí le había entregado el archivo.
A la mañana siguiente llegó Emilia con una carpeta pequeña y los ojos enrojecidos.
Contó que, al principio, Ricardo le había encargado tareas administrativas a cambio de pagarle un curso de diseño.
Ella clasificó correos, añadió los datos de Margarita a un formulario de residencia y preparó una versión imprimible de los documentos.
«Pensé que era una alternativa por si tu madre enfermaba», me dijo.
«Después empecé a ver frases sobre aislarla de ti y supe que no era eso».
«¿Por qué no dijiste nada entonces?».
«Porque mi padre me aseguró que todo estaba decidido y que me denunciaría por haber accedido a sus archivos si hablaba».
Julián no minimizó su silencio.
Le explicó que debía contar también qué había hecho ella, no solo qué habían hecho los demás.
Emilia aceptó y entregó los mensajes que conservaba, con sus fechas y destinatarios originales.
Había uno de Estefanía en el que se ordenaba sustituir el título de una hoja antes de imprimirla.
No se especificaba que hubiera que falsificar una firma, pero la instrucción coincidía con la diferencia entre el papel fotografiado por mamá y el supuesto poder.
Otro correo incluía una tabla de tareas.
La solicitud de información urbanística aparecía junto a llamadas a la residencia y una cita pendiente con un asesor legal.
A continuación había una casilla sin marcar: «Conseguir que Carlos apoye el traslado».
Sentí náuseas al comprender que no solo querían utilizarme para influir en mamá, sino convertir mi cariño en una herramienta contra ella.
«¿Qué harás si tu hermana te llama?», preguntó Julián a Emilia.
«Contestaré, pero no volveré a hacer ningún trámite por ellos».
Fue una respuesta pequeña y, por eso mismo, creíble.
Aún tenía miedo.
Nosotros también.
Antes de marcharse, Emilia señaló una carpeta compartida cuyo enlace figuraba en uno de los correos.
En el asunto se leía «Planos técnicos definitivos».
Reconocí la vista aérea antes de que terminara de cargar la copia que Emilia había recibido.
Los trazos negros seguían exactamente el perfil del talud que yo había estudiado en noviembre.
Abajo, al lado de la escala, estaba mi nombre profesional.
No solo habían buscado la firma de mi madre.
Habían incorporado mi trabajo al proyecto que pensaban ocultarme.
¿Cómo había acabado aquel plano privado dentro de una promoción de cincuenta y ocho chalés? Descúbrelo en la Parte 4.













