Daniel dejó el sobre sobre la mesa de la sala de espera como si pudiera quemarle los dedos.
Había imaginado muchas veces un encuentro con Emilia, pero nunca la había situado en una cama de hospital mientras su hijo esperaba noticias al otro lado de una puerta.
—¿Por qué no viniste a buscarme cuando viste que aquella carta no llegaba? —le preguntó a Inés.
Su hermana sostuvo la mirada apenas un instante.
—Porque papá me dijo que tú habías leído todo. Me aseguró que habías pedido que nadie volviera a mencionar a Emilia.
—Jamás dije eso.
—Ahora lo sé. Entonces tenía una niña recién nacida y estaba acostumbrada a creerle en todo.
Daniel quiso gritar.
Recordó, sin embargo, a Noé durmiendo a pocos metros, y el reproche se quedó convertido en una pregunta más dolorosa.
—¿Cuántas decisiones nuestras tomó mientras nosotros mirábamos hacia otro lado?
Inés no encontró respuesta.
Al amanecer, Irene les informó de que la fiebre había empezado a bajar y de que Emilia estaba más estable.
El equipo médico permitiría una visita breve cuando se encontrara despierta.
Mientras tanto, Daniel debía respetar que todavía no era familiar legal del niño.
Noé desayunó despacio, sentado frente a él.
Unas zapatillas secas y una sudadera prestada sustituían a la ropa mojada.
—¿El faro cuesta mucho dinero? —preguntó de pronto.
Daniel tardó en entender.
—Se puede reparar.
—No tengo dinero para pagarlo.
—No quiero que pagues nada. Pero tirar piedras a los coches es peligroso, Noé. Pudiste hacerte daño tú o hacérselo a otra persona.
El pequeño bajó la cabeza.
—Busqué a alguien que tuviera tu apellido en internet. En el albergue vi una foto de tu coche, y después lo reconocí en la calle.
Daniel sintió una punzada de vergüenza.
Un niño había hecho en una noche lo que él no había intentado en años: ir en busca de la persona que creía ausente.
—Tendrías que haber pedido ayuda a Irene —dijo con suavidad—. La próxima vez, hazlo así. No hace falta romper nada para que te escuchen.
Noé pasó un dedo por el borde de la taza.
—Yo ya había pedido ayuda.
La sencillez de aquellas palabras le impidió replicar.
Por la tarde, una enfermera salió a avisarles de que Emilia podía recibir una visita.
Daniel entró solo, después de obtener su consentimiento.
Emilia estaba incorporada sobre dos almohadas.
Tenía la piel pálida y una cánula de oxígeno bajo la nariz.
Al reconocerlo, cerró los ojos como si el cansancio le hubiera jugado una mala pasada.
—Daniel.
Él permaneció junto a la puerta.
—Noé me encontró. Está a salvo. Irene lo está acompañando.
Las manos de Emilia se aferraron a la sábana.
—¿Está bien de verdad?
—Está bien. Pregunta por ti todo el tiempo.
Solo entonces ella pareció respirar con menos dificultad.
Daniel se acercó a la silla, pero no se sentó hasta que Emilia asintió.
—Pensé que estabas viviendo en otra ciudad —dijo—. Pensé que te habías ido porque no querías seguir conmigo.
—Me fui porque creí que ibas a quitármelo.
La frase quedó suspendida entre ambos.
—¿Quitarte a quién?
—A Noé. Tu padre me hizo llegar un documento con tu firma. Decía que, si intentaba atribuirte la paternidad, pedirías la custodia exclusiva en cuanto naciera.
Daniel se levantó, incapaz de disimular la conmoción.
—Nunca firmé nada parecido. Ni siquiera sabía que estabas embarazada.
Emilia lo observó largo rato.
—Eso me dijo tu padre que dirías si algún día conseguía verte. Tenía tu membrete y una firma que yo había visto cientos de veces.
—Déjame comprobarlo. Por favor.
Ella giró el rostro hacia la ventana.
—No podía arriesgarme. Mi madre dependía del pequeño taller de restauración que teníamos. Rafael era dueño del local y amenazó con no renovar el alquiler si volvía a buscarte.
Daniel recordó el taller donde Emilia había restaurado muebles antiguos con su madre, Carmen.
Había ido allí tantas tardes que aún podía imaginar el olor a cola de carpintero.
—¿Por qué no me llamaste a mi número personal?
—Lo hice. Varias veces. Una voz me dijo que habías cambiado de número. Después envié una carta a través de Inés. Tu padre me aseguró que la habías leído y que no querías ninguna relación conmigo.
Daniel recordó que, en aquellos meses, su teléfono se había perdido durante un viaje y Rafael le había gestionado una línea nueva.
Hasta ese momento le había parecido un detalle sin importancia.
No sabía si aquello formaba parte de la misma maniobra, y se negó a convertir una sospecha en certeza.
—También creí que me odiabas —admitió—. Me dijeron que habías encontrado a otra persona.
Emilia sonrió sin alegría.
—Pasé un invierno entero intentando que mi hijo naciera sin miedo. No tenía tiempo para encontrar a nadie.
Había vivido primero con Carmen fuera de Madrid.
Después del nacimiento, se había trasladado a una localidad más pequeña donde nadie conocía el apellido Valcárcel.
Cuando su madre murió y el taller cerró, Emilia aceptó trabajos temporales de restauración y limpieza.
La enfermedad le había hecho perder los últimos encargos.
Hacía pocas semanas que ella y Noé habían llegado al albergue.
Daniel escuchó sin interrumpir.
No podía recuperar ni una de aquellas noches.
Tampoco podía exigir que Emilia lo creyera solo porque ahora apareciera junto a su cama.
—Noé lleva mi apellido en aquella pulsera —dijo por fin.
—En la maternidad dije quién era su padre. Después lo inscribí con el mío, porque no estabas allí para reconocerlo. Guardé la pulsera para que algún día él supiera que no me lo había inventado.
—Quiero hacer una prueba de paternidad, si tú estás de acuerdo. Y quiero ocuparme de él sin quitarte tu lugar.
Emilia lo miró por primera vez sin apartar inmediatamente los ojos.
—Noé no es una deuda que puedas saldar con dinero, Daniel.
—Lo sé. O estoy empezando a entenderlo.
Antes de salir, él le mostró el sobre que Inés había conservado.
Emilia reconoció su letra y se cubrió la boca.
—Dentro iba la primera ecografía —susurró—. Y una pregunta: si todavía querías formar una familia conmigo.
Daniel sintió que aquella pregunta le llegaba ocho años tarde.
Al volver al pasillo, encontró a Inés hablando por teléfono con una mujer que conocía de la oficina familiar.
Era Beatriz Gil, antigua secretaria de Rafael.
—Beatriz dice que recuerda el sobre —explicó Inés al colgar—. Pero también recuerda otro, que tu padre mandó preparar con tu firma.
Daniel se quedó helado.
—¿Está dispuesta a contarlo?
—Sí, aunque teme perder su empleo. Quiere hablar primero con una abogada. Dice que todavía conserva una copia de las instrucciones.
Daniel comprendió que ya no bastaría con preguntarle a su padre qué había ocurrido.
Había que averiguar quién había falsificado aquella firma y cómo había logrado que dos personas se creyeran abandonadas.
Para seguir el rastro del documento que separó a Daniel y Emilia, lee la Parte 4.













