Dormí menos de tres horas.
Cada vez que cerraba los ojos veía el vestido rojo de Vanessa y el momento en que Luca se había levantado de la mesa.
No sabía si había hecho lo correcto de la mejor manera posible.
Solo sabía que, de haber mentido, Marco habría cargado con una culpa que yo había oído fabricar.
A las siete llamé a mi madre.
—¿Puedes pasar por el restaurante antes de ir a trabajar? —preguntó.
La encontré revisando cajas de tomates en la cocina de Casa Bianca, nuestro pequeño local de Chamberí.
Mi madre, Bianca Ferraro, había llegado a Madrid desde Bolonia antes de que yo naciera.
Veintiséis años después seguía negociando precios con una libreta y una paciencia que parecía inagotable.
—Tienes cara de haber discutido con un camión —dijo.
Le conté lo ocurrido, desde la conversación en italiano hasta la amenaza de Vanessa.
Mi padre, Javier, estaba haciendo sus ejercicios de rehabilitación en el salón del piso contiguo y no quería preocuparlo antes de su cita médica.
Mi madre dejó la libreta sobre una mesa.
—¿Puedes demostrar lo que escuchaste?
—Puedo repetirlo palabra por palabra.
—Eso es distinto.
Es una declaración importante, Emma, pero no una grabación.
No dejes que nadie te obligue a decir que viste lo que no viste.
Le confesé que tenía miedo de perder el sueldo.
La hipoteca no desaparecía porque una persona poderosa hubiera decidido ponerse de mi lado durante una noche.
—No voy a decirte que no tengas miedo —respondió—. Solo que no entregues tu nombre para conservar un empleo.
Me abrazó con fuerza y después me hizo comer una tostada.
Era la forma que tenía de recordarme que, por muy extraño que se volviera el mundo fuera, siempre había alguien dispuesto a ponerme un plato delante.
A las nueve regresé a La Moraleja.
Teresa me recibió en la lavandería, lejos de los pasillos principales.
—Vanessa ha venido temprano —murmuró—. Ha pedido una copia de tu contrato.
Me quedé inmóvil.
—¿Se lo has dado?
—Le he dicho que lo solicite por el procedimiento correspondiente.
Tu contrato no es un mantel que pueda sacar de un armario.
Sentí un alivio pequeño, pero real.
Teresa no sabía italiano ni había presenciado aquella conversación.
Aun así, podía decidir cómo tratar a otra trabajadora.
A las diez, Marta Salcedo llegó con una carpeta y su ordenador.
Nos reunimos en el despacho Luca, Marco, Teresa y yo.
Vanessa había insistido en estar presente.
Luca aceptó, con la condición de que nadie interrumpiera a quien estuviera hablando.
Marta comenzó por una cronología.
Nueve días antes, Marco confirmó treinta y dos comensales con el proveedor habitual, Catering Valera.
El viernes anterior a la cena, Vanessa había solicitado cambiar las flores de las mesas.
El presupuesto se actualizó, pero no el número de asistentes.
Hasta entonces, todos los archivos coincidían.
—¿Qué ocurrió ayer? —preguntó Luca.
Marta giró la pantalla.
—A las dieciocho veinte aparece una revisión de cincuenta cubiertos en una copia enviada a vuestra dirección de eventos.
La revisión no procede de Valera.
El remitente es Eventos Bellini, una empresa distinta.
Marco señaló la pantalla.
—Nunca les encargamos el servicio.
—Todavía no he dicho que se lo encargarais —aclaró Marta—. Estoy identificando documentos, no dando por buena una factura.
Vanessa se irguió en la silla.
—Fue una propuesta de emergencia.
Había invitados que podían confirmar a última hora.
—Pero no vinieron —observó Teresa.
—En una casa de este nivel no se improvisa —replicó Vanessa.
Luca volvió hacia ella una pregunta que seguía pendiente.
—¿Por qué llevabas una factura de esa empresa y afirmaste que Marco la había autorizado?
—Porque así me lo explicaron.
—¿Quién?
Vanessa guardó silencio el tiempo suficiente para que todos lo notáramos.
—Mi primo Diego se encargó de consultar los precios —admitió al fin.
Marta dejó constancia de su respuesta.
Después enseñó la factura: ocho mil novecientos euros por refuerzos de cocina, alquiler de equipamiento y servicio para dieciocho asistentes adicionales.
Ninguna de aquellas partidas estaba en el contrato original.
—Hay algo que debemos comprobar —dijo—. La empresa que figura aquí no aparece entre nuestros proveedores aprobados.
No tenemos un pedido firmado ni un albarán de entrega aceptado.
El silencio cambió de naturaleza.
La noche anterior habíamos discutido sobre quién había contado mal.
Ahora estábamos preguntándonos si alguien había intentado cobrar un servicio inexistente.
Vanessa sacó el teléfono.
—Esto es ridículo.
Una factura provisional no demuestra nada.
—Exactamente —respondí, antes de poder contenerme—. Por eso tampoco demostraba que Marco hubiera hecho el pedido.
Luca me miró un instante.
No parecía molesto.
Pero comprendí que tendría que acostumbrarme a que cada palabra mía fuera examinada más de lo que lo habían sido mis silencios.
Durante una pausa recibí un mensaje de un número desconocido.
Contenía una fotografía borrosa en la que Marco y yo hablábamos junto a la cocina después de la cena.
Debajo había una frase: «Qué conveniente que la testigo y el acusado se pusieran de acuerdo».
Se me helaron las manos.
No contesté.
Guardé el mensaje y se lo mostré a Teresa.
—No sabemos quién lo envió —dije.
—Entonces tampoco afirmaremos quién fue —contestó ella.
Pero conserva el original.
Volvimos al despacho.
Marta acababa de hablar por teléfono con la responsable de Catering Valera.
El proveedor original podía confirmar que había entregado exactamente lo previsto para treinta y dos comensales, más un pequeño margen habitual de cocina.
No había solicitado refuerzos ni había recibido material de Eventos Bellini.
Marco se pasó una mano por la cara.
—He trabajado doce años para que se confíe en mis decisiones.
Y anoche bastó un papel para ponerlas en duda.
—El papel seguirá examinándose —dijo Luca—. También la forma en que llegamos a este punto.
Marta abrió el archivo adjunto que Eventos Bellini había enviado para justificar el sobrecoste.
En el encabezado aparecía una referencia distinta de la del contrato de Valera.
Y en una línea pequeña, casi oculta entre las condiciones, se leía «servicio previsto sujeto a confirmación».
—Es decir —pregunté—, ¿que ni siquiera consta que lo prestaran?
—De momento no consta —respondió Marta—. Y no pagaremos sobre una suposición.
Entonces su ordenador recibió el inventario completo de las entradas de mercancía.
Lo comparó con la factura y frunció el ceño.
—Aquí está el problema de verdad —dijo.
No faltan dieciocho cenas en el registro.
No existe ni una sola entrega que corresponda a esos ocho mil novecientos euros.
Si el servicio no había llegado nunca a la casa, alguien había utilizado la cena para justificar un cobro.
¿Qué documento permitiría acercarnos al origen de aquella operación? Continúa con la Parte 4 para seguir ese rastro.













