Teresa fotografió la hoja por ambas caras antes de volver a colocarla sobre la mesa.
No dijo que estuviéramos ante un delito demostrado.
Dijo algo más útil: que debíamos averiguar qué documento era, quién lo había redactado y si alguien había entregado realmente aquel dinero.
—Primero preservamos las pruebas —me explicó—. Después hablamos.
Pedí que Adrián volviera al comedor.
Cuando vio el papel, se detuvo a dos pasos de la silla.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Un acuerdo que no llegó a nada.
—Tiene una cantidad y mi nombre.
—Se trataba de explorar opciones. Nunca habría vendido sin consultarte.
Su respuesta me hizo recordar una conversación de hacía tres meses.
Había insistido en que no utilizáramos la habitación del ala norte, porque quería enseñársela a un arquitecto.
Me habló de una reforma que nunca empezó.
Después dejó de permitir que la persona encargada del mantenimiento concertara visitas cuando yo estaba en casa.
No había unido aquellos detalles hasta ese momento.
—¿Entró alguien aquí para ver la vivienda? —pregunté.
Adrián se frotó la cara.
—Una pareja. Solo una visita.
—¿Con qué autorización?
—No estamos en un interrogatorio.
Mi padre se levantó, pero le pedí que permaneciera sentado.
No quería gritos ni una escena que acabara oscureciendo los hechos.
Teresa se limitó a señalar la firma.
—Mi clienta afirma que no es suya. No utilice ni destruya ningún otro documento relacionado con esta operación. Nos pondremos en contacto por las vías oportunas.
Adrián miró de reojo la puerta por la que Vanesa había salido.
—Ella no tiene nada que ver.
No había preguntado por ella.
Aquella defensa prematura quedó flotando entre nosotros.
Horas después, cuando los coches de mi padre se marcharon y Adrián aceptó pasar unos días fuera para evitar más enfrentamientos, la mansión quedó en silencio.
No lo expulsamos ni cambiamos cerraduras.
Teresa había insistido en que cualquier acuerdo sobre el uso de la vivienda debía formalizarse adecuadamente.
Vanesa se fue antes que él, sin despedirse.
Al amanecer encontré sobre la encimera una taza suya.
La dejé allí hasta que terminó de salir el sol.
No quería convertir el dolor en una limpieza desesperada.
El lunes siguiente, acompañada de Teresa, pedí información a la sociedad y consultamos la documentación que conservaba la gestoría.
No figuraba ningún acuerdo de la junta autorizando la venta ni un poder otorgado a Adrián.
Tampoco había entrado ninguna cantidad de noventa mil euros en las cuentas de Encinar Norte.
El papel del sobre mencionaba una pequeña agencia inmobiliaria.
Teresa llamó en mi presencia, se identificó y solicitó que conservaran los correos, los contratos y cualquier registro de visitas.
La responsable, una mujer llamada Marta, se quedó callada cuando oyó que la sociedad propietaria no reconocía la operación.
—Nos enviaron una autorización firmada —dijo por fin.
—¿Quién se la envió?
—Adrián. Pero las gestiones las coordinaba otra persona.
No quiso dar más información sin revisar el expediente.
Quedamos en reunirnos con la documentación pertinente y las personas afectadas.
Por primera vez desde la cena, sentí un miedo distinto al de perder a mi marido.
Había una pareja que quizá había confiado sus ahorros a una promesa imposible.
La reunión tuvo lugar dos días después en el despacho de Teresa, en Madrid.
Marta llegó con una carpeta y la mirada agotada.
No intentó defender la precipitación de su agencia.
Reconoció que habían aceptado copias de documentos sin verificar debidamente la representación de quien decía actuar por la propietaria.
—Debimos detenerlo antes de hablar de cantidades —admitió.
En el expediente había fotografías de la casa, una propuesta de compraventa y una autorización supuestamente firmada por mí.
La firma era una imitación torpe de la que figuraba en una vieja solicitud bancaria.
El apellido tenía una curva que yo había dejado de hacer hacía años.
—¿De dónde sacaron ese modelo? —preguntó mi padre.
—No lo sé —respondió Marta—. Lo recibimos por correo electrónico.
La pareja interesada se llamaba Elena y Sergio.
Vivían en un piso pequeño con sus dos hijos y habían vendido una vivienda heredada para buscar más espacio.
Marta nos mostró una copia del justificante de transferencia: noventa mil euros a una cuenta particular indicada por Adrián como cuenta de depósito de la operación.
No había pasado por la agencia ni por la sociedad.
Marta nos enseñó también la ficha de la primera visita.
Alguien había marcado la casilla «propiedad disponible» y había anotado que los ocupantes podrían desalojarla sin inconvenientes.
Reconocí la fecha: ese día Adrián me había propuesto visitar a mi padre y regresar tarde.
No era una prueba suficiente por sí sola, pero revelaba hasta qué punto había administrado nuestros horarios para mantenerme lejos de las conversaciones importantes.
Sentí náuseas y pedí un vaso de agua.
Me acordé de la frase de Adrián sobre mi embarazo: «Eso no cambia nada».
Tal vez llevara semanas viviendo una vida cuyo coste pretendía hacer pagar a otra familia.
—Tenemos que avisarles cuanto antes —dije.
Teresa asintió.
Ya se habían paralizado las gestiones.
Ahora correspondía comunicar lo sucedido sin acusaciones precipitadas y ofrecer a Elena y Sergio toda la información comprobable que ayudara a reclamar su dinero.
Aquella tarde volví a casa con copias de los documentos.
Mi padre quiso acompañarme hasta la puerta.
Le dije que entraría sola.
No se trataba de demostrar valentía; necesitaba escuchar mis propios pensamientos sin que nadie llenara los silencios.
En el despacho donde guardábamos los álbumes familiares encontré el archivador del que alguien había sacado la antigua solicitud bancaria.
Una pestaña estaba doblada.
No probaba quién había tocado los papeles, pero sí que no los habíamos custodiado como debíamos.
Sonó mi móvil.
Era un mensaje de Vanesa.
«Olivia, necesito hablar contigo. Adrián te ha mentido, pero hay algo que yo tampoco te conté».
Leí la frase dos veces.
Luego apareció una segunda notificación: una fotografía de una conversación fechada varias semanas antes de la cena.
En ella, Vanesa le escribía a Adrián: «Sin la firma auténtica de Olivia no deberías aceptar ese dinero».
No sabía si aquella advertencia la convertía en testigo, en cómplice o en ambas cosas.
Para conocer lo que Vanesa sabía de la operación y por qué guardó silencio, sigue con la Parte 4.












